Emociones e inevitables recuerdos familiares en el gran "Domingo del Cristo de Cangas"

Hoy, sin pandemia encima, sería un día importante para los que hemos nacido en Cangas. A las doce de la mañana, el cohetero lanzaría las bombas de palenque, tras haber pronunciado el pregón de las Fiestas del Cristo del Consuelo, quien correspondiese en esta edición.

Pero no, no es posible la Fiesta, porque la Covid ya organizó la suya. ¡Maldita sea!.

Hoy era el arranque de las Fiestas Patronales de Cangas do Morrazo. Y todo la Covid se llevó... Y veremos si el año que viene puede ser, que ya dijo la OMS que hay que vivir unos dos años con esta peste para que luego ella misma se diluya, se quede en unos restos que de vez en cuando darán algún cliente más de los previstos a la funerarias.

Hoy es sábado, la víspera del Domingo del Cristo de Cangas, por usar una denominación también válida. Será un domingo triste, muy diferente a cómo en Cangas era. Pero nunca dejará de ser el Domingo del Cristo de Cangas, el Santísimo Cristo del Consuelo que completa en grande las festividades y honores a las advocaciones de Cristo que en la Ría de Vigo tanto se veneran : primero, en julio, es el turno para el Cristo de Bouzas, Cristo de los Afligidos; luego, en el primer domingo de agosto, es el momento de Vigo, con el Cristo de la Victoria; ahora, finalizando agosto, en el último domingo, es el día reservado para Cangas, con su Cristo del Consuelo.

No podrá ser este año lo que siempre fue en Cangas. Pero ni la fecha, ni la imagen del Santísimo nos la van a quitar, ni la Covid, ni nadie. Mi padre, mi tío Paco, mi madre... mi familia, todos fueron, todos somos devotos del Cristo del Consuelo. Pero eso en Cangas no es excepción, la regla general es que los cangueses sean del Cristo del Consuelo y de la Virgen de los Dolores. Mi tío Paco, que en gloria esté, tenía su dúo particular : el Cristo del Consuelo y la Virgen de Darbo, Santa María de Darbo.

Al deslizar sobre el papel la estilográfica para pergeñar estas líneas, me viene así a la memoria, con ocasión de este fin de semana tan especial para Cangas y los cangueses, la figura de mi tío Joaquín Francisco Eiroa Hermo, mi tío Paco. 

Hay quien dice que quienes por lo que fuere tienen que vivir lejos de su tierra, valoran más esta, sus símbolos, sus cosas... Seguro que en el caso de mi tío así era. Se pasaba el año lejos de Cangas, en las obligaciones de su profesión. Y en la lejanía de Cataluña, en el escritorio de su casa, dedicaba los ratos libres, a profundizar en estudios, apuntes, investigaciones sobre la historia, usos y costumbres de Cangas y de la comarca de O Morrazo. Así se pasaba 11 meses del año. El mes doce, desde primeros de agosto a primeros de septiembre, todos los años, dedicaba sus vacaciones a retornar a Cangas, a poner al día con mi padre, todos los apuntes históricos analizados durante el año, a recopilar más datos, más trabajos, más copias de documentos... con los que socorrer luego su nostalgia en el tiempo invernal.

Pero siendo muchas las razones e inmenso el afecto por su tierra natal que motivaban que mi tío Paco y mi tía Maruchi pasasen año tras año no menos de 30 días en Cangas, había dos reclamos, dos banderines de enganche a los que mi tío estaba permanentemente enrolado. La Misa solemne y Procesión del Santísimo Cristo del Consuelo, en el último domingo de agosto, en Cangas, y la Misa solemne y Procesión de Santa María de Darbo (parroquia de Cangas), el 8 de septiembre de cada año. El día 9 de septiembre, pocas horas después de despedir "hasta el año que viene" a la Virgen de Darbo, mi tío y mi tía partían siempre, billetes en Renfe previamente cerrados, para Barcelona donde vivían.

Supongo que no es el de mi tío (que en paz descanse) el único caso de cangueses que no pudiendo estar aquí, o cerca de Cangas, acentúan hasta extremos a veces impensables el amor por su tierra. Lo cierto es que mi tío Paco era un cangués excepcional, como sin duda lo fue mi querido padre. Ambos fueron en vida un ejemplo de hermandad y acentuado común afecto. Y desde ahí, un ejemplo extraordinario de amor a la población y comarca que les vio nacer.

En el equipaje de mi tío, de cada ida a Cangas cada verano, estaba siempre un flamante traje que solamente se lo ponía tres veces. Una para ir a la Misa Solemne del día del Cristo. Allá iba, impecable. Y tras asistir al concierto a la salida del acto religioso, calle Real arriba a casa regresaba para, antes que nada, quitarse el traje no fuese a mancharlo en el gran almuerzo "del día del Cristo" que mi madre preparaba. Luego, por la tarde, volvía mi tío a embutirse el traje elegante y corbata, a abrillantar de nuevo los zapatos, a tomar la vela que le aguardaba reservada, porque no podía faltar a la solemne procesión. Ya tras ella solía subir al viejo edificio del Concello, para departir con los munícipes locales y corresponder a la atenta invitación de los rectores de la cofradía del Cristo, consistente en una copita de vino dulce y unas galletitas surtidas de Artiach, suministradas por el legendario Benigno Lemos -gran impulsor durante años de la Hermandad del Cristo del Consuelo-.

Cuando entraba septiembre, el rostro de mi tío Paco no estaba igual de radiante que en los días del agosto cangués. Faltaba poco para la fiesta de la Virgen de Darbo y eso suponía que un día después tocaba ineludible el tener que dejar Cangas, su Cangas del alma. Era humano y comprensible; lo que sucede es que se notaba tanto aquello, que la tristeza acababa por invadir a los más próximos, especialmente a mi madre, que se afanaba por compensar día a día aquello, poniendo sobre la mesa familiar de la casa de la calle Enseñanza aquellas empanadas de xoubas, o de luras de la Ría (entonces sí que había luras en la Ría de Vigo), aquellos pimientos de Padrón por los que mi tío suspiraba... todos aquellos platos que tanto apasionaban al excelente gastrónomo que era mi tío Paco.

El 8 de septiembre, mi tío Paco madrugaba. Se vestía de cualquier modo para bajar al centro de Cangas y ver y escuchar cómo una banda de música, siguiendo la tradición, se arrancaba en pasacalles por la capital de O Morrazo, llamando así a sus habitantes para que todos, a ser posible (era un día semi-festivo en Cangas), enfilasen en las horas siguientes hacia el atrio y gran robleda de Santa María de Darbo. Tras imbuirse de aquellos pasacalles, mi tio compraba churros, los subía a casa y allí desayunábamos todos, aunque tardío, preparados para ... ir a media mañana a Darbo. Era entonces cuando mi tío volvía a ponerse el traje cuidadosamente reservado desde el día del Cristo, ponérselo por tercera vez, para ir a ver a la Virgen, a su Virgen de Darbo. No me preguntes por qué, no me preguntes razones, pero Santa María de Darbo tenía en mi tío Paco, a uno de sus más fervientes devotos; era impresionante su pasión por Darbo, iglesia - santuario que nada más llegar cada año desde Barcelona iba a visitar puntualmente en sus primeros días de estancia en Cangas.

Y así llegaba el 9 de septiembre. Imagino el largo viaje en tren Vigo-Barcelona y la cabeza de mi tío instalada en los mil recuerdos acumulados en aquel mes largo de estancia en su Cangas del alma. Bondadoso, culto, correcto siempre, servicial, hombre de palabra... mi tío Paco tuvo la suerte que merecía : haber conocido a una gran mujer, no menos bondadosa, no menos excepcional, que le hizo muy feliz en los muchos años de matrimonio. Una enfermedad realmente dura marcó los últimos tristes años de mi tío. Pero estoy seguro que el Santísimo Cristo del Consuelo y la Virgen de Darbo le habrán compensado de sobra el inmerecido sufrimiento final, dándole en el Cielo el lugar que tenía bien merecido.

Este año de 2020, este maldito año de nuestras vidas, además de la Covid-19 amenazante, ha sido el año de la muerte de mi tía Maruchi. Precisamente por eso, oportuno es -y así lo siento- haber recordado a mis queridos tíos, Paco y Maruchi, en este domingo tan especial para Cangas y los cangueses, este domingo del Cristo, que tanto significó en las vidas de quienes hoy hemos aquí evocado. Que Dios los tenga, a todos, en su gloria. Mientras a usted, amigo lector, le hago llegar mi petición de perdón por introducir emociones y recuerdos familiares en una fecha que merecía, seguramente, algo mejor y más profundamente escrito.

EUGÉNIO EIROA


En las fotos de "LaresyMares", Cristo del Consuelo, de Cangas; Santa María, de Darbo