"La Meiga de Bertamiráns". Otro interesante relato de Xerardo Rodríguez en su "Galicia Única"

Como cada sábado ha llegado esta mañana al correo electrónico la postal que nos envía el maestro de comunicadores Xerardo Rodríguez, nos recuerda así que una nueva edición de la revista electrónica GALICIA ÚNICA, www.galiciaunica.es, está ya dispuesta, para quien en la Net quiera acceder gratuitamente a ella y disfrutar con sus amplios y renovados contenidos, o bucear en los de semanas pasadas. Como, por lo general, mucho de lo que allí se va alojando es de carácter intemporal, te puedes pasar sábado, domingo y un montón de días más leyendo cosas interesantes ahí... que hay para dar y tomar. Hay mucho de interesante; y no poco con una cierta prosa-poética que  tan bien cultiva Xerardo cuando se pone a hablar largo y profundo de esta Galicia que tanto ama.

A modo de aperitivo, por si luego te quieres pasar por  www.galiciaunica.es te traigo aquí este relato tal y como Rodríguez lo cuenta, titulado "La Meiga de Bertamiráns". 

Debe de hacer unos cinco años que un triste suceso conmovió a la villa de Bertamiráns y a cuántos vivimos en un ayuntamiento que por su nombre, Ames, ya te enamora. Dos señoras, tía y sobrina, de cincuenta y sesenta y pico años, fueron rociadas con gasolina y quemadas en plena Avenida de A Mahía, cuando salían de su domicilio. Los dos autores de tan salvaje atentado aún permanecen en prisión. De ellas, no supe más. 
Te preguntarás…
—- ¿Por qué suceden estas cosas?  
En este caso concreto,  la causa fue el dinero imposible de un alquiler y la semilla del diablo en los cerebros de ambos hombres. Pero…

¿CRIMEN Y CASTIGO?

Antes de que el edificio en cuestión fuera construido,  había en el lugar una casa pequeña, en ruinas, medio quemada, en la que vivió María “La Bruja” cuando Rosalía de Castro compuso su poema “Campanas de Bastavales”. Al parecer “La Bruja” odiaba ese poema que se decía en todos los rincones del Val da Mahía… porque ensalzaba uno de los elementos que la Iglesia poseía para que acudieran los fieles a escuchar los sermones de aquel cura.
Don Froilán “le espantaba la clientela a “La Bruja” relacionándola con el diablo e incitando a sus feligreses a hacerle la vida imposible para que María se fuese de Bertamiráns.
Pero como “La Bruja” practicaba la magia negra, como decía el cura, ningún vecino se atrevía a ponerse en contra de ella, que seguía teniendo mucha clientela procedente no solo de las aldeas limítrofes sino incluso de Compostela.
Adivinaba el porvenir, quitaba el mal de ojo, curaba el meigallo, ejercía como sanadora de ciertas enfermedades y era, sobre todo, el refugio “espiritual” de la gente desesperada; esa a la que Dios no hablaba en sus iglesias y los médicos desahuciaban.
Así que dejaron de llamarle “Bruja” y pasaron a llamarle “Meiga”, que para don Froilán era como si la comparasen con la mismísima Virgen. Y así se lo dijo a su arzobispo…
—- Su Eminencia Reverendísima. Esa mujer va a acabar con las creencias de nuestro pueblo. Yo he notado que viene menos gente a la Iglesia…
Otros curas de la comarca y el propio arzobispo no le daban importancia a las prácticas de María, pero don Froilán metía cizaña hasta en la taberna de Brión.
—-  Todo o que vaia a ver a “Bruxa” arderá no inferno…
Y así, día tras día, con recalcitrante pesadez monotemática,  hasta que un día apareció María en la Taberna…  cuando don Froilán estaba pronunciando su discurso…
—-  Manuel, ponme un vaso de viño e repite ronda para todos, incluido o señor cura…
—-  Nooon, nooon. ¡Para mín non!
—-  ¿E logo? ¿Ten medo de que estea embruxado? Ja,ja,ja,ja.
María aún estaba de buen ver y se puso coqueta con el asustado clérigo, incapaz de pronunciar palabra ante la mirada atónita de los allí presentes, admiradores de una mujer capaz de enfrentarse ella sola al poder de la Iglesia.
Desde aquel día ganó la popularidad que perdió el cura y todas las gentes de A Mahía la trataban con cariño y admiración,  porque sus “remedios” curaban sus males. Hasta los de los huesos, tan frecuentes en los inviernos húmedos del Valle.
Don Froilán dejó de hablar de ella pero ciertamente habían disminuido notablemente sus feligreses, pese a ser el templo de Bastavales de los más hermosos de la comarca y su entorno realmente envidiable.
Un día de enero, frío y húmedo, el corazón de don Froilán dejó de latir en la ya vieja casa rectoral. Vivía solo y nadie se enteró hasta pasados unos días, cuando a Rosa, la criada, le pasó aquella mala gripe y se reintegró a su trabajo con el clérigo…
El cadáver del cura estaba en el suelo de la cocina, como si se hubiese desplomado, sin heridas ni rastro alguno de violencia. Así informó la Guardia Civil, por lo que el juez ordenó el levantamiento.
Don Froilán fue enterrado en cementerio de Abadín, junto a sus hermanos y padres, ya que poseían un panteón familiar de esos tan característicos de aquella parroquia lucense. 
Cuando don Froilán “morreu de repente” era el día trece, del mes de julio de 1885… El mismo día que un pavoroso incendio destruyó todo cuanto había dentro de la pequeña casa de piedra de María “La Bruja”,  cuyos restos jamás encontró la recientemente fundada -1844-  y ya muy benemérita,  Guardia Civil… 
Unos supusieron que sus poderes mágicos la trasladaron a una estrella del firmamento que parecía brillar más que las otras, aquella misma noche;  otros, por el contrario, hablaban de asesinato y culpaban a las autoridades policiales de la época de haber hecho desaparecer el cadáver; solo dos personas sentenciaron que María ya no quería ser ni bruja ni meiga y simplemente se había marchado a otro país.
Esta historia me la contó un emigrante retornado, de nombre Manuel, que me presentó mi amigo Luis Devesa, comiendo un día la estupenda carne del Restaurante Abelleira de Os Anxeles. Como final, añadió…
—- A mí me contaron en Maracaibo la historia de una señora que se había venido desde Ames y que tenía poderes especiales, pero nunca la pude asociar con María “La Bruja”, cuyas hazañas, a manera de cuento, decía mi tatarabuelo a mi abuelo y este a todos los nietos que junto a él nos criamos…
Lo poco conocida que resulta en la actualidad esta historia se debe a que no queda ningún habitante de la época vivo. Bertamiráns, en el siglo XIX era una aldea pequeña y no soñaba aún en convertirse en la gran villa que es hoy.
Por cierto. Dos días después de aquel cura, don Froilán, fallecía en Padrón, en su casa de La Matanza, la insigne Rosalía de Castro.

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