VICENTE CEBRIÁN, 
EL CONDE QUE MIMABA EL VINO


Fue uno de esos amigos que descubrí tarde; porque, desgraciadamente, el anticipó su viaje al espacio, de repente, sin esperar por nadie y cuando todos le sabíamos en la plenitud de la vida. Y es aún, te lo digo de corazón, una de esas personas difíciles de olvidar. Yo presumía de él:

— Tengo un amigo que vive en un castillo y veranea en un pazo. Es conde…

Se lo solía comentar a los compañeros, a los vecinos, a todo el mundo.

A Vicente Cebrián le conocí en su pazo de Barrantes, históricamente el más importante de toda la comarca porque en él se sentaron las bases del primer estatuto de autonomía de Galicia. Hubo un tiempo que allí, en su comedor, se daban cita grandes pensadores e intelectuales; y en la modernidad su estupendo anfitrión quería recuperar aquel tipo de reuniones y de tertulias.

— Es que… ¿Para qué sirve este palacio sino es para recibir a los amigos y aprender todo lo que se pueda de ellos?

Eso solía decir Vicente, pero todos terminamos aprendiendo más cosas de él que él de nosotros. Y eso que yo conocí allí a Graham Green, con su mal carácter y su brillante pluma; a Mario Conde, con su chulería de entonces; al marqués de Riestra, dedicado al negocio del acero…

A aquellas comidas, en las que yo era el único periodista al que se invitaba, asistían también políticos de los ámbitos autonómico y estatal cuya diferencia cultural era ya notoria; también solía venir algún escritor y, algunas veces, mi amigo Julio Dorado que, para impresionar, llegaba conmigo de “copiloto” a bordo de su helicóptero.

No te extrañe que en estas reuniones gastronómicas del Pazo de Barrantes se hablase de lo divino y de lo humano; y también lo suyo del famoso Club de Bielderberg, en el que dicen está la gente que cambia el mundo provocando crisis y nombrando altos cargos en los países más poderosos.

Vicente Cebrián te cautivaba con su hospitalidad y su conversación, siempre. Para mí era el hombre que mejor conocía los vinos de La Rioja y estos albariños nuestros del Salnés. Lo poco que yo sé de vinos, lo aprendí de él. Aunque ahora, abstemio y viviendo la ancianidad de la vida, me importe poco esa facultad.

Si sentía más amor por La Rioja y el Castillo de Ygay no se le notaba. Al menos en verano, cuando maduraba su albariño, ese que bebo aún en las grandes solemnidades, alzando mi copa hacia el Espacio donde, seguro, está aguardando impaciente mi llegada.

Vicente Cebrián, aquel conde que mimaba el vino, era un personaje único entre los escasos nobles residentes en Galicia. 

XERARDO RODRÍGUEZ