Registra mi memoria días, horas, minutos de enseñanzas paternas, de inolvidables tertulias al filo de la madrugada que ya son historia, en el viejo café desaparecido en combate urbanístico.
Mediodías y atardeceres al calor del ribeiro del Tucho, también caído, envueltos en el arte de aquellos artistiñas, temperatura cordial, poesía viva en las paredes recompuestas y en la voz de los poetas.
Ilustrada partida de tute con el maestro Risco. Noches de cine con la imagen de Suarez. Viajes literarios al exilio bonaerense con Blancoamor. Conversación prohibida con Losada, también prohibido. Prohibido prohibir, que ilustró Vidal Souto… Nuevas generaciones, de artistas, de poetas… Ateneo, Liceo… Por la calle de la Paz aún pasea el espíritu de don Ramón… del Xocas… de Corbal… de Ferro Couselo… Del poeta Acuña… Todo esto reconoce la memoria, la traducción de la cultura nacida en tertulia en la Atenas de Galicia.
Contemplando la ciudad desde Cudeiro, sobrevino la evocación, pocos días antes de que llegase una nueva primavera. Por eso he arrojado a la basura mi último teléfono móvil…
Sobre mi cabeza, cuando escribo, tengo dos dibujos suyos que ilustraron mi primer “gran” reportaje en aquel “Diario de Pontevedra” de Angel Huete y mi memoria guarda infinidad de recuerdos del “artistiña” que comenzaba a pintar cuando yo andaba a vueltas con el primer curso del Bachillerato…
Por aquel entonces vivíamos ambos en la calle Lamas Carvajal y a mí me encantaba como manejaba los pinceles y sobre todo como hablaba de pintura… o de lo que fuese.
—- Tenemos que echarnos al monte, Xerardo; echarnos al monte…
Era una de sus frases favoritas para iniciar cualquier tipo de conversación. Porque conmigo se mostraba siempre conversador, crítico, imaginativo y hasta simpático, cualidad que muchos le niegan.
Le consideré siempre un gran amigo de juventud, aunque nuestros caminos, luego, resultasen ser tan diferentes…
Xaime Quessada, lo digo sin pasión, es para mí el mejor pintor gallego de la historia. Lo es por su fantasía creativa y por su estilo único. Por lo bien que mezclaba los colores y por el mensaje que transmitía… Además, en sus cuadros se escondía su alma comunista de los años sesenta.
Y escribo esto porque críticos y estudiosos del arte gallego le tildaron de imitador de Picasso tal vez porque hizo algunas excursiones por el arte abstracto, desde su personal perspectiva; aunque hay que ver su pintura figurativa, su potente expresionismo y su manejo de los colores vivos, para conocer a través de su obra al verdadero Quessada.
—- No sé si el mejor de la historia, pero sin duda fue uno de los mejores, -me dijo una vez mi maestro de Arte, José Manuel García Iglesias.
A Jaime Quessada le debo mi primera borrachera y parte del conocimiento que poseo. También fue él quien me presentó a aquella chica que estuvo a punto de ser mi primera novia. Y quien me introdujo en el cerrado círculo social de los “artistiñas” y con el que recorrí por primera vez la provincia.
Era un gran ourensano y un gran gallego…
—- Un combatiente ideológico… -como dijo Peña Rey, otro histórico del PCG.
Porque Quessada fue una figura irrepetible que nos dejó ver en su obra por un lado la belleza y por el otro… el horror de la tortura o el hambre…
Quizá por eso era de frecuente carácter cambiante, porque pasaba de la risa a la bronca con cierta facilidad.
La mejor anécdota que recuerdo de él sucedió una noche en la Lonja de Marín, tras copiosa cena y abundantes copas…
Huete, tan buen combatiente como Quessada, le invitó a pronunciar un discurso desde el estrado que formaban unas cajas de pescado, habitualmente.
Y dijo…
—- Mariñeiros… ¡Deixade de traballar! ¡Esta é a hora de foder!
La última vez que le vi fue en las orillas del Miño, en Tui. Paseábamos conversando sobre escenas de los viejos tiempos, de aquellas vividas con recordada intensidad, cuando me soltó:
—- Dicen que tengo un cáncer, pero yo soy inmortal…
Y volvió a gritarle al río…
—- ¡Soy inmortaaaaaal! ¿Te enteras?
Unos meses después la muerte se llevaba el cuerpo… pero el alma de Xaime Quessada permanecía viva en su pintura, colgada en importantes museos del mundo. Y para mí revive todos los días en los dos dibujos que cuelgan en la pared de mi estudio, sobre mi cabeza:
Uno es de Pepita, la camarera que nos sirvió nuestra última cena y el otro es de aquel marinero de Marín que le dijo aquella misma noche:
—- ¡O caso e con quen, Xaime, o caso e con quen!
A lo que Jaime respondió…
—- ¡Ainda que sea cunha faneca brava!
XERARDO RODRÍGUEZ


