FIDEL CASTRO, DE HÉROE A VILLANO
El comandante me enseñó su hogar gallego en La Habana. En realidad, de gallego solo tenía la lareira “made en Cuba” y cuatro potes que se llevó de Láncara, el municipio de Lugo donde nació su padre. Supuestamente aquellos potes pertenecieron a su familia de aquí, aunque la última de sus primas no está muy segura.
Acababa yo de leer el libro que le dedicó Oriana Falacci y recién llegaba de la Isla de los Pinos, donde se ubica la famosa cárcel en la que Batista tuvo preso al Fidel prerrevolucionario. Es un penal que impresiona por la forma circular del edificio y la enorme pared de celdas que se construyeron allí. La arena aún conserva el color rojizo de la sangre de los que se suicidaron arrojándose al vacío.
Oriana Falacci en aquel libro decía que fue en ese penal donde Batista castró a Castro.
Sin embargo, mi amigo, el muy estimado maestroTico Medina me contó que el comandante le había mostrado a él sus partes para dejarle bien claro que aquello era solo una leyenda y Batista no lo había castrado.
Aquel día en La Habana, le pregunté a Fidel si era cierto todo aquello y me respondió que no se bajaba los pantalones porque estaba con nosotros una dama, pero que conservaba los mismos huevos del joven que comandó en Sierra Maestra la revolución más importante de América.
Cuando era un chico de Instituto yo quería ser Fidel y empezar la revolución contra Franco en los montes de Cudeiro. Le consideraba un héroe y tenía su foto junto al poster del Che.
A principios de los setenta, confieso que era un tipo que me caía bien: había derrocado a un régimen totalitario por medio de una revolución y ese ya era aval suficiente para considerarle un líder, que además tenía a su lado nada menos que a Ernesto Che Guevara.
Aquel Primero de Mayo en La Habana, cuando lo vi de cerca presidiendo la gran concentración del pueblo, me pareció una especie de semidiós llegado a la Isla para salvarla del vicio americano. Si a ello le añadía su origen gallego no había duda: Fidel Castro era un jefe de Estado honesto y brillante, al que merecía la pena conocer.
Y así ocurrió a finales de los ochenta, cuando regresé a Cuba para disfrutar de la compañía de mis amigos músicos y escritores, en una muy corta semana de vacaciones.
El comandante me invitó a comer en su Lar Gallego, en donde gozamos de un almuerzo opíparo en buena compañía. Duró seis horas solo porque tenía prisa y la conversación giró en torno a lo divino y lo humano, especialmente sobre Galicia, como si sintiera la llamada de la otra Patria…
A los tres años visitaba mi país invitado por Manuel Fraga, que ya había conquistado el liderazgo político y era el todopoderoso presidente de la Xunta.
Tuve el placer de conocer a muchos políticos cubanos, jóvenes, menos jóvenes, fidelistas, anticomunistas, incluso… al hermanísimo, Raúl Castro. Cada uno con sus defectos y también con sus virtudes. Y todos formaban parte del gran mito de la revolución cubana.
A día de hoy, pasados cuarenta años de mi primera visita a Cuba, nadie me ha convencido de dos cosas: de que aquella revolución no fuese necesaria y de que esta oposición del nuevo milenio no marcará el futuro del país.
Desde luego, siempre me gustó la bonhomía, la hospitalidad, el carácter y esa mezcla cultural que posee el pueblo cubano, cuyos más genuinos representantes son aquellos hombres y mujeres de piel canela exponentes de un nuevo universo racial, en el que, en mis fantasías, logran que desaparezca la desigualdad en el mundo.
—- ¡Ojalá!
—- Ya, tú piensas que esto nunca será posible…
Quizá algún día, cuando los hombres y mujeres de Sierra Maestra, los de la lucha popular, vean que su ciclo ya pasó… quizá entonces las nuevas generaciones con piel canela sepan apretar la tuerca que Cuba necesita para convertirse en una gran República al servicio de sus ciudadanos… ¡Se lo deseo con toda mi alma porque es uno de esos lugares en los que entremezclan maravillosamente las culturas, la palabra y el sonido de su música propia, ese que nunca olvidas!
Yo creo que llegó la hora de enterrar los viejos rencores en el cementerio de La Habana y ayudar a la transición política que este rico país precisa a todas luces, pero distinguiendo el polvo de la paja, aquellos que se aprovechan de las ansias de cambio del pueblo cubano en beneficio propio, que los fondos de inversiones han amarrado sus yates a los maravillosos cayos que rodean la perla del Caribe, es decir, mi Cubita la Guapa.
XERARDO RODRÍGUEZ


