GENTE ÚNICA

CUANDO SE CALLÓ EL CANTOR…

… Soñé que viajaba con él a la eternidad para seguir admirándole, mientras farfullaba uno de aquellos rezos olvidados, una lágrima resbalaba por mi mejilla y afloraban los recuerdos a mi memoria, como si todo hubiese sucedido ayer. 

Aquella noche en La Habana el sol del amanecer abrió mis ojos somnolientos, cuando los músicos, sus músicos, se reunieron en casa del cantor para hacer fiesta. Allí estábamos, junto a sus amigos, escritores, artistas, periodistas y gente bohemia de la Cuba más libre de entonces. Aquella noche, la trompeta de Arturo Sandoval mandó a dormir a la Luna y a los demás a la cama.

Cuando ya me iba, le pregunté al cantor porqué cantaba aquellas letras de discurso y el cantor me dijo que “había que cantar de todo, cuando se cree en una revolución”, pero me dejó entrever que él, en ese momento, “ya creía poco”. 

De esto hace, más o menos, unos cuarenta años.

Sin embargo, ya creía nada, te digo, porque sus giras europeas fueron cada vez más y más largas, a pesar de esa cadera maldita que llenaba de dolor el placer de hacer música sobre un escenario.

Yo siempre gocé de sus canciones y creo que conocí a pocos artistas capaces de amar tanto a su Isla como Pablo Milanés. Hasta el extremo de convivir con una “revolución” de la que, como poco, se duda. Y se duda desde siempre…

Pablo Milanés fue mi cantor preferido y me sé de memoria todos sus poemas de amor, esas canciones que nunca olvidará mi memoria de viejo, porque son los recuerdos de inolvidables momentos pasados allá y acá, que yo también amo esa isla, aunque no nací en el Caribe.

Su música es tan bella que solo puede componerse teniendo un techo de estrellas azules para dormir y musas de belleza sin par a las que amar eternamente…

Pablo hablaba, además de cantar. Y yo me alegro de que tomase parte activa en el debate político que se cernía sobre su patria y mi América, porque los tiempos eran llegados para que aflorasen sentimientos capaces de cambiar un mundo que mantenía prisioneras a las ideas.

Fue en Miami, tras su primer concierto en la ciudad norteamericana, dónde por primera vez el cantor abogó por el rescate de las libertades individuales en la Isla que ama y se lo dijo públicamente a esa intelectualidad cubana, a los artistas, a los músicos, a los periodistas y a los políticos para los que siempre tuvo una canción de madrugada, acompañada de un “roncito a la roca”.

Cuando se enamoró de una coruñesa, Pablo Milanés se vino a vivir a Galicia. Harto de predicar en el desierto, cuando en las ruedas de prensa de sus conciertos le hacían la pregunta de siempre, el respondía con orgullo habanero:

— 53 años de militancia revolucionaria me otorgan el derecho, que muy pocos ejercen en Cuba, de manifestarme con la libertad que requieran mis principios. Y esa libertad implica que no tengo ningún compromiso a muerte con los dirigentes cubanos, a los que he admirado y respetado, pero no son dioses, ni yo soy fanático; y cuando siento que puedo hacer un reproche y decir no, lo digo, sin miedo y sin reservas.

La palabra del cantor en Miami, que uno sepa, nunca tuvo consecuencias en la Isla, dónde Fidel Castro siguió siendo uno de sus grandes amigos y también su mayor admirador como artista.

Algunos cubanos en el exilio –por ejemplo, el periodista Edmundo García, director de un programa de radio dirigido a la Cuba de Miami– le acusaron de ser poco valiente y no decir estas cosas en La Habana.

Pero la realidad es que, a pesar de su situación de privilegio, nunca le dejaron hablar ni participar en política. Por eso trató de contar fuera de Cuba lo que no podía decir en el “Granma” y mucho menos en la televisión.

Pablo Milanés habló muchos años alto y fuerte en los periódicos y en las radios de España y de medio mundo. Yo mismo le he entrevistado sobre la situación política en su Isla varias veces y nunca se me escapó de una pregunta. Incluso cuando le acompañaba el típico comisario político, personaje indispensable en toda cita con todo artista cubano.

— Yo me sirvo de los periódicos y medios de fuera de Cuba para que difundan libremente las entrevistas que me están negadas en la Isla. Yo sueño con que aparezcan en el Granma y las lea todo el pueblo. También espero que un solo periodista, uno solo de los miles que hay en mi patria, tenga lo que hay que tener para dar a conocer lo que tantos años llevo expresando.

Un día en Vigo, después del concierto, le agradecí a Pablo que hubiera cantado en gallego, a dúo, con mi amigo Luís Emilio Batallán; pero su mente ya estaba en la Isla:

— ¿Te vas mañana?

— Sí, terminó aquí la gira y vuelvo a la cruda realidad cubana en la que te encuentras a esos falsos “libertadores de la patria”, de todo tipo y condición. Te tomas un roncito y le dices que hay que luchar en voz alta por esas libertades que te susurran al oído y te contestan: “Estoy de acuerdo, pero no veo cómo hacerlo”.

Esto sucedía hace unos veinte años, paseando los dos solos por el Parque de Castrelos. Pablo Milanés “no reniega ahora a la cruz de su parroquia”, como dice algún periodista de Miami. Desde siempre… la criticó, allá donde le dejaron.

El resto de su vida y las historias de su arte, ya te lo han contado muchos; salvo las intimidades más íntimas de una noche en la que le entregué el pasaporte gallego como cónsul de la Patria Única. Pero esas se refieren todas al mal de amores.

XERARDO RODRÍGUEZ