ALEJANDRO FINISTERRE INVENTÓ EL FUTBOLÍN

Frente a Cuba, Atlántico por medio, está Fisterra, para los gallegos “o cabo do mundo”. Es un lugar mágico al que nos gustaba mucho ir a mi nieta Alicia y a mí, cuando yo aún conducía, para sentir las mismas sensaciones que el legado de Roma Décimo Cayo Brutus y sus legiones: se asombraron al descubrir la cumbre del monte do Facho, que sigue hablándole al viento, erguido hacia el cielo sobre el horizonte oceánico, universo marítimo donde el sol descansa cada día, inundando el mar de luz celeste y oro. Este paisaje de roca gigante y marina, donde el atardecer rueda hacia el infinito, fue también para ellos –romanos de tierra adentro- el Finis Terrae.

Hasta aquí llegaron asimismo peregrinos capaces de derrotar fantásticos ejércitos imaginarios en el trayecto de nieves, lluvias, nieblas y soles de cuatro estaciones, en los caminos ibéricos que unen Compostela y Europa. Y aquí quemaron sus ropas impuras, en la hoguera de la incandescente eternidad.

Al pie de este mar poco amigable crecieron hombres aventureros que prefieren llamarse Simbad y mujeres acostumbradas a la espera, con la mirada puesta en el más elemental paisaje azul-salitre.

Entre ellos nació una de las personas más admirables de este país, Alejandro Finisterre, pseudónimo de Alejandro Campos Ramírez. Él fue quién inventó el futbolín, un juego basado en el fútbol, que se desarrolla sobre una mesa con barras transversales y figuras de jugadores, que golpean una pelota.

Mira tú si tuvo importancia el futbol de mesa en la historia, que Alejandro Finisterre fue más conocido por este invento suyo que por su larga trayectoria literaria y política.

Alejandro Campos Rodríguez, republicano y albacea de León Felipe, fallecía en los albores de febrero, en una noche del frío invierno zamorano del 2007. Fueron pocos, entonces, los que se acordaron de este intelectual fisterrán, poseedor de un corazón de oro tan enorme como los atardeceres que asombran a los caminantes que acuden al cabo do mundo en busca de la casa donde se acuesta el sol.

El genial invento del futbolín -hoy superconocido en todo el mundo- lo creó Finisterre, para que los niños ingresados en los hospitales durante la guerra civil española pudieran jugar al futbol. Alejandro permanecía entonces herido de guerra en el hospital militar de Monserrat, en Barcelona. Luego, su vida transcurrió en el exilio, entre Francia y América.

Si hoy viviera, a Alejandro Finisterre le hubiera gustado saber que hay dos jóvenes gallegos campeones del mundo, en esto de jugar al futbolín. Son dos treintañeros ourensanos, Marco Foxo y Yago Vilas. Del juego dice Marco:

—- Tiene un gran componente estratégico y hace falta resiliencia mental, para no venirse abajo. El juego psicológico influye mucho. Mantener el máximo nivel durante todo el día de competición es difícil. Supone un esfuerzo físico y mental. Es importante eliminar el estigma de que se trata de un juego de bar. Es muy competitivo.

Alejandro Finisterre fue muy popular porque inventó el futbolín, aunque a su creatividad también se deben un pasa hojas de partituras mecánico, una máquina tragaperras y el juego de “hundir la flota”. Pero podría haber pasado a la historia por otros muchos motivos; yo no creo que haya nacido en este mundo un ser con una biografía tan variopinta. Verás.

Como poeta firmó dos antologías y un libro titulado “Cantos rodados”. Como dramaturgo estrenó su obra en tres países. Anarquista militante, fue editor de escritores republicanos en el exilio y entre sus mejores amigos figuran León Felipe y el Che Guevara. Por si sus obras no fueran suficientes también figura en un curioso ranking: el de los primeros secuestradores de aviones.

Me hubiera encantado conocerle para que me contara todas y cada una de sus aventuras junto al faro del fin de la Tierra, mientras nuestras miradas se perdían más allá de la cresta de la ola, en el infinito horizonte que brilla con esa luz intensa tan especial como el propio Alejandro; vivir juntos desde el amanecer hasta el final de la tarde para entender el acto sublime del sol escondiéndose, mientras quema el salitre del mar y en el pequeño puerto se preparan los barcos para partir en busca del refugio de la nécora.

XERARDO RODRÍGUEZ