TRAZOS Y TROZOS (de mi vida)

CARREIRA

Nada más llegar a Carreira, hice dos días intensivos de caminata porque quería empaparme de aldea. Tras la tempestad llegó la calma y nos trajo el sol que no quema. Seguíamos asando las últimas castañas y humeaban las chimeneas de las casas, mezclándose en la corredoira del agro los maravillosos olores del campo y el de las viandas que nos aguardaban en el mediodía próximo.

Parece que ya no hay crisis.

Lo sentenció Pablo, el taxista

—- Home, eu noto que a xente xa non ten medo a coller o taxi.

José, a su saludo afectuoso añadió:

—- Mira. Alá, embaixo de Carreira, están rematando dúas casas novas. En Pedras están facendo outras tres. A Jeanette fixo a súa por onde a de Tino. Os rapaces de por aquí teñen todos traballo…

Y por si eso no me llegara, Victoria insistió…

—- E xa non veñen a pedir como viñan antes.

Esta mi gente solo me da alegrías, así que decidí dejar de dormir la siesta y gastar suela para, como buen jubilado, ver las nuevas obras anunciadas por mi vecino, y si es posible contemplar de nuevo el vuelo majestuoso del halcón peregrino…

Porque me recuerda que no pude despedirme de Manuel, al que se llevó la pandemia sin compasión, como poco tiempo después su señora, Carmen, fue en busca de su cielo… que no se puede quedar aquí mujer anciana, enferma y viuda.

Manuel fue mi guía y amigo desde que llegué a la aldea y hasta que, viejo y muy cansado, volví a la City cosmopolita de Bertamirans, que es periferia compostelana, empujado por mis hijos y por Gloria, que siempre fue más urbanitas que otra cosa.

Como te imaginas, a Carreira llegué más aburrido que jubilado. Esos primeros días te invade la más pura indecisión. Además, la canción del teléfono aquel que sonaba cada diez minutos dejé de escucharla. Es como si de repente me hubiera quedado sin amigos. Aquellos fueron días de barrena en los que me aprisionaba el paisaje. Hasta tal punto que era capaz de ir hasta la parroquia vecina huyendo del reposo, procurando una imagen distinta con la que mantener a tono el gusto, no fuera a ser que la belleza que me rodeaba fuese solo producto de mi entusiasmo.

Caminaba lo mío para llegar a Piñeiro, a Oca, a Ponte Maceira… Subía a los montes circundantes, el Liñeredo, el San Marcos… Me guiaba Manuel por pistas reconvertidas en estrechas carreteras de asfalto y por senderos inimaginables en los que te salen al paso cruceiros, petos de ánimas, antiguos lavaderos y hasta algún molino viejo que ya no muele. Me detenía a pensar en lo rico que es el patrimonio popular del Val da Mahía y en la poca importancia que le damos.

Oye, y mis vecinos de la aldea, que aún siguen mereciendo la pena pasados los años…  

Por eso aún hay pájaros cantores que te saludan al paso, que nunca se van del lugar donde habita la gente de bien.  

LA CITY

Mi venerable amiga Adelaida estaba sentada esa primera mañana en la parada del autobús al que nunca sube. En la mano derecha el móvil; es de los antiguos como mi Nokia, del noventa y poco. En la otra el bastón, como si sintiera algunos miedos de los que no puede escapar.

—- El móvil es para llamar a mi hija en caso de apuro y el bastón para ahuyentar a los malos.

Adelaida es de película. A la que fuera maestra de Bastavales, donde está la parroquial cuyas campanas escuchaba Rosalía, no se le escapa detalle pese a sus muchísimos años encima de su alma y de su cuerpo.

Me dijo aquella vez, cuando todos teníamos el miedo en el cuerpo:

—- En los años veinte la gripe española causó más muertes que el coronavirus, pero cuando salimos de ella la normalidad era, como dice el diccionario, la “condición de normal”. Puedes ser normal y joven… o normal y viejo; pero no hay “un nuevo” normal. La “nueva normalidad” aquella, la del año pasado, se la inventaron los políticos europeos de acuerdo con los intermediarios ricachos, para subirnos el coste de la vida. Y ahí nos tienes, pensando que vamos a inventar hoy para comer, que no hay quien llegue a sus precios.   

—- ¿Y qué futuro nos espera entonces? Porque si dependemos de los políticos da igual Alberto que Pedro…

—- Algunas ya no tenemos ni futuro y tú deberías de empezar a pensar que el futuro en este mundo es una mera entelequia…

Le digo que Iñaki Gabilondo le confesó a Keké que, pese a buscar el futuro entre los grandes pensadores de este planeta, ninguno de ellos le contó donde se escondía. Y claro, no lo encontró.

Entonces Adelaida me expuso su teoría:

—- La gente siempre vuelve al pasado en el presente: a través de los recuerdos, de la moda –ahí está lo vintage-, a través de las artes, de la historia… Pero también realiza viajes al futuro desde este presente: con la imaginación, con los falsos futurólogos, con los cineastas que lo imaginan, con los creadores literarios que lo vislumbran en sus mentes…La conclusión es que “presente, pasado y futuro se enmarcan dentro del mismo círculo y ni Rita sale de él”.

¡Asómbrate! ¡Nuestra vida es una circunferencia!

—- Tú escribes mucho sobre la sociedad imperfecta…

La anciana maestra entendió mi expresión porque también la sufre en varios aspectos, hoy más que nunca.

Hay gente escatológica y maleducada que se cree que leer a Cela es tirarse ventosidades en público, de esas que suenan a trompeta con sordina y a guarrería. Otra, sin embargo, es muy limpia y hasta diría que puritana, pero critica a la vecina porque viste ropa demasiado fresca. También hay gente mala capaz de acusar a sus semejantes de no cumplir las reglas. Luego está el sistema, imperfecto desde su implantación y sin embargo duradero en el tiempo a pesar de que nadie está de acuerdo. Hay más pruebas de las imperfecciones sociales, pero no quiero agobiar a mi venerable compañera de paseos que, a pesar de estar de acuerdo con todo esto, termina la conversación diciéndome…

—- ¡Qué ben falas, deberías adicarte a política!

Y yo le contesto que, por mayor y por cansancio, ese arte no es lo mío. Mientras, el cielo viste cárdeno para recibir a las tormentas que nos anuncian para el lusco fusco. 

Cuando me atreví a entrar por primera vez en el New York, el que está en la plaza principal de la City a este lado del Atlántico, conocí a Balbino tomándose su café de las once. Con el descaro de un gallego a otro me preguntó…

—- ¿E logo gustache mais a vila que a aldea?

A lo que le respondí:

—- Os primeiros grelos deste ano, da leira do José, son os que lle botará o caldo a miña compañeira, a Gloria. Nesta moderna cafetería estou esperando a que ti ou alguén me invite a un café. Eu son da aldea, por eso te invito… Anque a miña idade xa non me permita facer o que facía nestes últimos anos.

XERARDO RODRÍGUEZ