JORDI

En esto, estaba yo en la cumbre del Piapaxaro, perdido en su grandiosidad con la mirada fija en el infinito cuando a través del viejo Nokia sonó la voz amable de mi amigo Jordi García Candau… y el camino inhóspito que estaba siguiendo en aquel momento, se convirtió en la más concurrida avenida de la gran capital. Aquella llamada hizo que por mi mejilla saltara una lágrima imitando al río Sor, que resbalaba brillante por la media ladera, mientras el sol de la tarde nos traía el lusco-fusco.

Me senté en una roca de ese cuarzo blanco que te ofrece la montaña para el reposo y di mil gracias a Jordi por ofrecerme la posibilidad de trabajar juntos. Me fui a Madrid para ocupar como asesor del director general de RTVE el mismo despacho que Jordi había utilizado para dirigir Radiocadena Española, en la calle Princesa. Desde mi ventana podía admirar la fachada del Palacio de Liria y alguna vez me pareció ver por allí a la duquesa de Alba. A pesar de ser republicano, Cayetana era la única señora de la nobleza española que me caía bien.

En el mismo edificio de la antigua emisora de la R.E.M. estaba Centros Territoriales de TVE y al frente del departamento mi amigo Germán Losada, un vallisoletano con el que recorrí media España. A Germán le debo sus enseñanzas sobre el funcionamiento de los centros de producción y corresponsalías de Televisión Española porque, a la hora del café, me daba un master que aún he de agradecerle un día de estos, devorando ambos la gran mariscada prometida en O Grove.   

RNE

Ya conoces mis andanzas periodísticas con Diego Carcedo, amigo y compañero al que siempre le fue la aventura… desde que en los setenta fue testigo privilegiado como reportero de guerra en Vietnam. Yo le tenía en un pedestal porque, después de escuchar una de sus muchas conferencias sobre el tema y leer su libro “Sobrevivir al miedo”, le veía en la jungla huyendo del horror, incluso en los últimos minutos, cuando Saigón vive la batalla final y todos los seres abandonan la ciudad, que arde por los cuatro costados. 

Yo conocía bien a Diego y me encantó ser su director adjunto en Radio Nacional de España, en el momento exacto en que nuestro común amigo Fernando Delgado se fue a organizar la producción de la Tele Expo 92.

Poco teníamos que hacer en cuanto a cambios… porque, en primer lugar, RNE funcionaba como un reloj de precisión y en segundo lugar porque eran tiempos de vacas flacas, de reducción de presupuestos y de colaboradores.

Para mí fue traumático ya que por primera vez me tocaba gestionar una crisis, pero aun así hicimos algunos cambios de programación con aumento de audiencias y notable impacto, contando con la ayuda de verdaderas estrellas de la radio, como Isabel Gemio, para la que diseñé “Noches de amor”, formato que, posteriormente, sería llevado a la televisión con la periodista extremeña al frente. De ella guardo muy gratos recuerdos.

Coincidió mi llegada a la radio pública española con la marcha del admirado y aún admirable Javier Sardá, que se había inventado La Bisagra y se fue a la SER para hacer La Ventana. He de reconocer que era mi programa favorito de la radio española y traté de convencerle para que se quedara. Pero no hubo manera, ni siquiera Alicia Fernández, la más experta de las ejecutivas del mundo de la comunicación en Prado del Rey, fue capaz de frenar el cambio.

A la vista del inconveniente, Carcedo quería que yo recuperara el micrófono y que sentara en el estudio 1 de la Casa de la Radio a la gente guapa de la farándula, pero no estaba muy por la labor. Permíteme la pedantería: si hago eso entro en un círculo -el de Madrid- del que me sería muy difícil salir y todos los días -ya entonces- escuchaba como en Galicia se deshacían las olas de mis dos mares, sonido que me entraba en el cerebro por una fasciolaria tapezium, la caracola que encontré de joven en Os Aguillóns; mientras la gente pescaba lubinas, se quedó a vivir conmigo para siempre.

Así que logré convencer a Constantino Romero, la gran voz de España, el mejor doblador y un buen presentador de concursos televisivos… pero frío como el hielo para mantener unas mañanas divertidas en la radio. Fue el mayor de los errores que cometí profesionalmente y, por ser yo el insistente, del fracaso eximo a Carcedo y por supuesto a Candau.

Eso en Radio 1, en Radio 5 la figura era mi amigo Joaquín Prat, al que tuve que dejarle con cinco colaboradores de veinte que tenía. Comíamos juntos, frecuentemente, en Currito, en la Casa de Campo y era una delicia verle en su salsa, saludando a su público con aquel gesto moviendo el brazo mientras les decía…

—- ¡A jugar!

La verdad que Chimo, en aquellos tiempos, andaba medio muerto ya. Eran mucho tomate para él un programa diario en la tele y otro en la radio. Se levantaba todos los días, de lunes a viernes, a las cinco de la madrugada y de nueve a una hacía esa radio tan de él, capaz de resucitar a un muerto. Lo malo, te decía, es que compatibilizar el programa con el concurso de la tele no hay quien lo resista.

Joaquín tuvo gracia aquel día que entró por la puerta de mi despacho, tras veinte días de ausencia:

—- ¿No notas nada?

—- No lo nota un ciego, pareces un chino.

—- Es que tuve que operarme la cara porque me la rompí con la puerta del garaje…

—- Ya. ¿Quién te aconsejó que te sometieras a la cirugía estética? Porque mira que eras un tipo atractivo, de esos que quieren las cámaras y no sabes por qué.

—- Se empeñó mi mujer y yo ahora, la verdad, no me veo.

En realidad, el arreglo le duró poco; porque en 1995, apenas dos años después de aquella confesión, Joaquín Prat emprendió su último viaje al Espacio, en donde espero reencontrarme con él, porque se había convertido para mí en un imprescindible, desde aquella noche en la que me regaló un puro en Radio Madrid Madrugada, cuando yo aún era un pipiolo veinteañero.   

En RNE tenía yo la costumbre de recorrer los estudios de las diferentes cadenas, todos los días, a una hora indeterminada. Por ejemplo, me gustaba la gente de Radio 3 porque me recordaban aquel rock and roll de mis principios en la radio y que casi había olvidado.

O los de Radio 2, locutores a la antigua usanza que pronunciaban como nadie los títulos de las composiciones y los nombres de los autores clásicos. El director, Miguel, vivía en el edificio de enfrente al de mi amigo el Morrosko y fue testigo de cómo se suicidó.

José Manuel Ibar, Urtain, campeón de Europa de los pesos pesados, se arrojó al vacío desde el balcón de un octavo piso ubicado en pleno corazón del madrileño barrio del Pilar, un suceso que conmovió especialmente al mundo del deporte. Yo había retransmitido la mayor parte de las 27 peleas que disputó y que ganó por KO. Estábamos a mediados de junio de 1992 y a mí se me cayó al suelo la moral.

Uno de los personajes más interesantes de RNE era Homero, el director de Radio Exterior; gustaba de pasar por mi despacho para contarme la labor que hacía este canal, que acaba de cumplir ochenta y un años impregnando de españolidad el éter universal y que hasta transmite en lenguas poco difundidas, como el quechua.

Recuerdo a Diego insistirme…

—- ¿Pero cuánta gente habla quechua en el mundo? ¡Hay que cargarse esas emisiones que no tienen audiencia y cuestan dinero!

Aquella vez le convencí diciéndole que el quechua lo hablaban dos o tres millones más de personas que el gallego.

En RNE, a principios de los noventa, aún quedaban personajes pintorescos metidos en despachitos medio camuflados por las plantas menos nobles. A uno de ellos le llamaban “El Coronel” y su trabajo consistía en contarle al director de producción y programas -o sea, a mí- lo que había escuchado en las cadenas de la competencia y que cosas destacaba él de los periódicos del día. La primera reunión la pasamos hablando de futbol, primero y de política después. Solo tenías que escuchar sus informes para saber que se trataba de un señor muy de derechas y sobre todo muy franquista.

Nemesio, un guardia civil de A Gudiña con el que tenía cierta confianza, me aclaró el asunto:

—- Ese señor dín que é coronel de ingenieros e que principiou no exército, despois da guerra, cando era ainda moi novo, como radiotelegrafista do yate do caudillo, o Azor.

Por lo visto lo habían enchufado en RNE de forma muy discreta cuando el yate del dictador fue retirado de la circulación. A las dos semanas de nuestro primer despacho, “El Coronel” se prejubiló y seguro que aún está gozando de la vida en cualquier hermoso lugar de esta España nuestra. Vete tú a saber cuántos coroneles quedan en despachitos semiocultos de las empresas públicas.

XERARDO RODRÍGUEZ