GALICIA EN ROJO

LA CARROZA FÚNEBRE DE RIBADETEA

A comienzos del siglo XX, cuando la gente buscaba fortuna fuera del país, muchos de los jóvenes vecinos de las comarcas del Condado y de A Paradanta, al sur de la provincia de Pontevedra, emigraron a Lisboa para trabajar, especialmente, en la hostelería. Aún en la actualidad, importantes hosteleros de la capital portuguesa son gallegos o de origen gallego; otros diversificaron sus negocios y muchos regresaron a Galicia y siguen relacionados con el sector servicios.

La característica común de la emigración gallega es la generosidad, que aún se palpa hoy en día en toda la comarca del Condado, especialmente en los viejos edificios construidos para escuelas. La emigración fue tan generosa con sus pueblos de origen que incluso pagaba los entierros de los menos pudientes.

En Ribadetea, pequeña pero hermosa parroquia de Ponteareas, quedan muchos recuerdos de aquellos tiempos, pero el más llamativo es un carro fúnebre de 1940, recuperado por los vecinos para que permanezca como ejemplo de aquella generosidad.

Porque este carruaje que se utilizaba para llevar a los difuntos, fue donado por ponteareanos naturales de Ribadetea que habían emigrado a Portugal. Entre ellos estaba José Lage, uno de los más entusiastas promotores de su restauración.

Según cuenta Francisco Fernández Ucha, más conocido como Pancho, también promotor de esta idea, el carro fue encargado en el año 1937 a la carpintería de Puzo-Lira. Se fabricó con madera de nogal tallada a mano y tardaron tres años en finalizarlo.

En 1940 recibieron el carro fúnebre en Ribadetea, año en el que comenzó a ser utilizado para trasladar a los fallecidos hasta la iglesia. Cumplió esta función hasta 1966 y desde entonces no volvió a ser utilizado.

Su restauración se llevó a cabo en el año 2008 y fue financiada por empresas de Ribadetea, por los propios vecinos de la parroquia e incluso por personas que no residen pero sí han nacido allí.

El carro fúnebre ocupa un lugar preferente en la Casa de la Obra, convertida en un pequeño museo ubicado junto al cementerio, donde se expone junto a otras obras de arte centenarias; entre ellas más de una quincena de cuadros que narran la historia de Ribadetea.

7

LAS VÍBORAS ASESINAS DE A TEIXEIRA

Todas las mujeres de mi familia despertaron del sueño adolescente con vocación de maestras y mi hermana Betty no fue ninguna excepción. Le tocó en suerte, para debutar en la profesión, la Escuela Unitaria de Pedrafita, una de las 8 parroquias de A Teixeira, que en aquel entonces contaba con poco más de 600 habitantes porque 300 habían emigrado, la mayor parte a América del Sur.

Eso sí, quedaban unos 60 niños entre los 3 y los 16 años que, a partir de los ocho iban a la Escuela cuando podían, porque de ellos dependía esa agricultura de autoconsumo que consistía en el cultivo de la patata, maíz para las gallinas y berzas para el caldo, que, con unto, era el indispensable plato de todos los días. En algunas casas había una vaca y en la del Sr. Pepe una docena de ovejas que también daban leche. Casi todo el mundo tenía un cerdo, lo que proporcionaba cierta identidad a la aldea.

Cierto. Aquel era un pueblo de viejos y niños, que olía a miseria…

Nos contó mi hermana aquellas Navidades:

—- Las noches se me hacen muy largas porque allí se reúnen todos los lobos de la comarca… Con sus aullidos me entra un miedo terrorífico y no soy capaz de dormir…

Mi hermana vivía sola y entonces mi padre decidió que yo estudiara “por libre”, con sus clases, ese quinto curso de Bachillerato, para que pudiera vivir con ella mientras durase la temporada de primaria…

Betty a mí sí me sirvió de gran ayuda porque aquel curso aprobé todas con notables y sobresalientes, pero yo no creo que fuese el caballero capaz de poner tranquilidad a sus noches con los lobos…

—- Yo tengo más miedo que tú, hermana. Y a los lobos le añado las culebras, sobre todo las víboras…

—- ¿Qué víboras hombre? ¡Si en Galicia no hay víboras!

—- Te equivocas, los niños las coleccionan y las atrapan entre las piedras que hay en una cueva cerca de Santa Catuxa. ¡Son asquerosas! Y como te muerdan te mueres, porque desde aquí no llegas a tiempo al hospital.

—- Bueno, puede que en el monte, pero aquí en la aldea no hay víboras…

En aquellos seis meses escasos que pasé en A Teixeira aprendí yo más de víboras que un científico especializado en reptiles. Porque desde entonces siempre me fascinaron y siempre les tuve miedo. Más, incluso, que a la Santa Compaña.

Los niños de A Teixeira de aquellos años cincuenta eran unos inconscientes, porque las provocaban y las cazaban. Y eso era lo peor que podías hacerle. Se enfurecían metidas en aquellos botes grandes de cristal y fabricaban doble dosis de veneno.

A partir de aquella tarde en la que Toño y Berto me enseñaron su colección de víboras empecé a soñar con ellas, como si se acostaran conmigo todas las noches…

Un día desapareció la señora Feliciana

Tenía muchos, pero que muchos años. Un marido en el cementerio de Chacarita, en Buenos Aires; y un hijo que lo mismo podía vivir… que haber fallecido; porque hacía tres años que no le mandaba ni dólares ni una mísera carta. Su madre se quejaba amargamente después de misa, cuando la gente, maliciosamente, le preguntaba por él todos los domingos y fiestas de guardar.

Feliciana sobrevivió a una guerra, al exilio de toda su familia y a la miseria de un pueblo cuya existencia aún desconoce el noventa por ciento de los gallegos.

Y aquel día desapareció… Su vecina Carmen, mucho más joven que ella, la echó de menos cinco después.

Pedrafita se llenó de guardias civiles con sus tricornios y sus capas verdes… y los lobos huyeron hacia Castro Caldelas. Todo el pueblo inició una búsqueda que cada día resultaba más infructuosa hasta que decidimos unirnos a ella los niños. Verás.Hay un sendero que baja desde Fontao al Sil. A nadie se le había ocurrido pensar –excepto a mi amigo Berto– que Feliciana Antelo García había podido tomar aquella “corredoira” para llegar al río…

Así fue que “Jasper”, el perro del carnicero, una mezcla de mastín de Alemania y vulgar “can de palleiro”, se metió entre los “toxos” y regresó con aquel echarpe de lana tan característico de las ancianas de la aldea.

CarmenCarmucha para los mayores, identificó la prenda de Feliciana y la Guardia Civil encontró su pista. Mejor dicho, no encontró nada después de que cuatro ancianos de Sistin, en buena forma, limpiasen la maleza de aquella bajada al río forjada por las pisadas de los “caza víboras”.

Pasara semana y pico de la desaparición de Feliciana cuando llegó a Pedrafita el inspector Garrido, de la Brigada Criminal de Ourense. Acudió cien veces al lugar donde “Jasper” descubriera aquel tesoro con forma de echarpe, y su conclusión fue que Feliciana había sido llevada por la fuerza hasta aquel sitio.

—- Creo que al presunto se le escapó esa pista…

Eso le había dicho al alcalde después de interrogar a todo el ayuntamiento, incluidos los concejales.

—- Entonces… ¿Fue secuestrada?

—- Tal vez asesinada…

Feliciana Antelo García, según el convencimiento del sagaz policía de la Criminal, había sido víctima de un asesinato perpetrado en su domicilio de pobre; y su cadáver trasladado a otro lugar…

—- Pero si no hay cadáver no hay crimen –comentara el detective a mi hermana, que estaba muy interesada en sus investigaciones…

Aquella frase corrió como el aire por todas partes…

—- Dixo o inspeutor que “se non hai cadáver non hai crime”.

Y ahí estaba la cuestión…

—- Si no hay cadáver…

A todo esto, la taberna de Tito duplicara las ventas cuando se hacía de noche y Xavier, que aún era el pedáneo de la parroquia a sus noventa y pico años, traía las novedades que le contaba su amigo el guardia civil…

—- Dí o inspeutor que se non hai cadáver non hai crime…

Esa era la novedad día tras día hasta justamente el 18 de febrero de aquel año de 1957; es decir, justo un mes después de la desaparición de Feliciana

—- ¡O río devolveu o seu corpo! ¡Afogouse no río! ¡A Feliciana morreu no río! –gritó Xavier aquella tarde a cuantos quisieron salirle al paso.

Y el Sr. Antonio, que había sido barquero, sentenció…

—- Os que se afogan no río, non pasan mais dun mes baixo as augas… Se non salen nese tempo, xa non aparecen…

El cuerpo sin vida de Feliciana fue enviado a Santiago para ser examinado por un forense muy famoso y a partir de ahí, la gente mayor del pueblo se miraba la una a la otra con cierta desconfianza, a pesar de que, los más, hablaban de un suicidio o de una caída fortuita…

—- Nadie morreu aquí, según o cura, por propia vontade.

—- E verdade, eiquí todo o mais que pasou foi o accidente do Felipe, hai vinte anos, cando quedou sepultado baixo a terra namentras facía un pozo…

—- ¿Tiña algún parente vivo a Feliciana?

—- Non sei… Pode que algún sobriño, fillo do irmau do seu pobre home… Creo que il era de Trives.

Al día siguiente, Toño y Berto consiguieron llevarme, una vez más, a su cabaña, una cueva natural en la bajada al río, donde escondían las víboras que cazaban y las guardaban en aquellas “cárceles” de cristal con tapa de rosca, agujereada con un punzón. Sin embargo, aquella vez no pasé miedo… ¡Las víboras se habían escapado!

—- Pero… ¿Cómo poideron sair?

—- ¡Soltounas algún cabrón!

—- ¿E quen pudo ser?

Al regresar a casa escuché al inspector Garrido contarle a mi hermana:

—- Víboras. El asesino o asesina utilizó víboras. Los de Medio Ambiente recogieron hasta once víboras en casa de Feliciana… Lo que no tengo claro es dónde consiguió tantas serpientes.

—- Mi hermano me contó una historia de reptiles que cazaban los niños del pueblo.

En aquel momento entré en la vieja estancia y le conté al inspector, aterrado, de dónde habían salido las víboras…

—- Pero dice usted que solo atraparon once y en los botes había doce…

—- Bueno, habrá vuelto al monte. En esta zona dicen que la víbora es un animal común… ¡Ahora tengo que dar con el ladrón a ver si es el asesino!

Yo conté lo de las víboras asesinas que habían sido robadas de la cabaña de mis amigos y todo el pueblo comenzó a especular sobre quien era capaz de trasladar a las serpientes hasta casa de FelicianaToño y Berto fueron “recluidos” en sus domicilios por el delito de “cazar y mantener serpientes en cautiverio”. Y aunque parecía que la normalidad había regresado a Pedrafita de A Teixeira, un asesino o asesina andaba suelto…

A todo esto, entrábamos en maio y la primavera había renacido para hacer florecer un año más esta Tierra. Los niños volvimos a disfrutar de aquellos senderos de aventura y las gentes de la aldea gozaban ya de ese sol que madruga entre la niebla del Sil para instalarse en el paisaje hasta la noche…

BertoToño y yo no volvimos a jugar con víboras, pero nos gustaba acercarnos al río y ver como nadaban los árboles. En el trayecto había un hermoso souto de castaños aún sin hojas…

A esa hora del lusco fusco, de regreso a la aldea, dos cuerpos desnudos se movían acompasadamente protegidos por el más anciano de los castiñeiros. Ella jadeaba debajo de aquel cuerpo desconocido para nosotros. Sentíamos curiosidad y morbo adolescente a la vez, hasta que la mujer asomó el rostro por encima del hombro de su amante…

—- ¡É Carmen! ¡É Carmucha!

—- Carallo, que ben o pasan

—- ¿E il quen é?

—- Non é de por aquí, eu é a primeira vez co vexo diante…

Al llegar a casa mi hermana me dijo que había vuelto el inspector Garrido y yo empecé a creer que estaba interesado en algo más que en el crimen, pero cené poco y me acosté soñando con la víbora que andaba suelta…

La noticia salió en “La Región”, cuyos dos únicos ejemplares allí llegados, viajaron de mano en mano y de casa en casa por todo el municipio. Decía:

“En la parroquia de Cova, de Puebla de Trives, ha sido detenido José Manuel Souto Pérez como presunto asesino de la anciana de A Teixeira Feliciana Antelo García.

Tras una brillante investigación de la Brigada Criminal de la Policía orensana, se sabe que el probable homicida contó con la complicidad de una mujer cuyo nombre no nos ha sido facilitado, puesto que Manuel Souto aún se encuentra en dependencias policiales.

Como ya hemos informado, la infortunada anciana fue mordida por once víboras que el asesino introdujo de noche en su domicilio…”

Cinco días tardó en conocerse el porqué en PedrafitaCarmucha no salía de casa y la gente del pueblo temía un nuevo asesinato. Avisada la Guardia Civil, los agentes de la Benemérita descubrieron su cadáver en la cama, tumbada boca arriba…

—- Anote, cabo: la víctima presenta una mordedura en el cuello que pudiera ser de serpiente…

El inspector Garrido volvió al pueblo y corroboró la versión de la Guardia Civil y en Santiago, el forense famoso certificó que había muerto por la mordedura de una víbora y que los componentes del veneno eran exactamente iguales a los que encontró días antes en el cuerpo de Feliciana Antelo García

Sin embargo, aquel joven policía sabía que la nueva muerte no fuera producto de una casualidad ni de un accidente; ya conocía los motivos de aquel ataque…

—- Las víboras son unos reptiles muy inteligentes y la número doce quiso vengar a Feliciana porque sus hermanas habían sido utilizadas para cometer un horrendo crimen…

Yo le conté como habíamos visto a Carmucha con aquel hombre, junto a aquel castiñeiro, pero Manuel Souto Pérez, vecino de CovaPuebla de Trives, ya había “cantado”.

—- Era el sobrino político de Feliciana, hijo de un hermano de su fallecido marido. Se ennovió con Carmucha para hacerla su cómplice en el propósito de robar a la anciana, aunque no quisieron asesinarla hasta que descubrieron la cueva y las víboras, donde se metieron por casualidad para hacer el amor… Pero en vez de eso, allí planearon el crimen que perpetrarían tres días después. Solo me queda una cosa…

El inspector Garrido fue directo a casa de Feliciana, que registró nuevamente, hasta que consiguió abrir el hueco que la anciana tenía en la pared de madera del fallado… ¡Con más de un millón y medio de pesetas y dólares metidos en cajas de zapatos!

—- Ese fue el motivo por el que perdió la vida. No confiaba para nada en los bancos; y solo iba a la Caja de Ahorros a cobrar la paga del seguro agrario, seiscientas miserables pesetas que celosamente guardaba en su “caja fuerte”, junto a las cantidades que le mandaban desde Buenos Aires…

XERARDO RODRÍGUEZ