GALICIA EN ROJO

LA MUERTE DE MIGUEL MARTÍN

Aquella noche veníamos de grabar Río, uno de los municipios más bellos de la provincia de Ourense; pero, según su alcalde, su futuro, aún hoy, está en Venezuela, en Brasil, en México o en Uruguay; que poco hay que hacer aquí, en esta tierra que contempla el cañón del río Navea al que dijeron adiós más de mil de sus habitantes, a principios del siglo XX.

Uno de los que se marchó, aunque al también ourensano ayuntamiento de Cea, fue el médico de entonces, el Dr. Pedro Caldas, muy estimado por los escasos convecinos a los que había de atender, de día o de madrugada, que entonces nadie sabía de ambulatorios ni, por suerte, tampoco se había inventado el copago. Era ese tiempo en que la gente se moría… ¡De repente!

Esta historia será leyenda o será verdad, pero aquella anciana mujer de nombre Felicitas Raposo, a la que salvó la vida el Dr. Caldas, me lo contó ante el fuego de la lareira con la rotundidad de un testigo de cargo ante el más alto tribunal. Sucedió así…

Vivía Felicitas con su madre en el lugar de A Pousa mientras su padre trataba de hacer fortuna en aquella Caracas rica, de cuando un bolívar se cambiaba por cuatro dólares.

Felicitas madre se puso muy enferma por lo que su hija hubo de llamar al Dr. Caldas, allá a las diez de la noche, corriendo por la vieja pista que pasaba por A Torre Vella

Por lo visto, el buen médico diagnosticó un simple resfriado a Felicitas madre, pero Felicitas hija hubo de ser trasladada de urgencia al Hospital de Ourense, al serle detectada una meningitis, enfermedad muy común entre los adolescentes, por aquel entonces.

Cuando regresó a Río, sana y radiante, su madre invitó a cenar al Dr. Caldas, muy acostumbrado a recorrer el trayecto, en su vieja bicicleta “Orbea”.

Ya de vuelta, al final de la única recta del trayecto entre A Pousa y A Torre VellaPedro Caldas vio algo que brillaba de manera especial, más aún que todas las estrellas de aquel cielo limpio que tanto le gustaba.

Aceleró la marcha hasta que, a medida que se acercaba notaba como un olor a cera y escuchaba unos rezos ininteligibles. Entonces ya no tuvo duda de que la Santa Compaña estaba de espaldas a él e iba directa a la casa de Miguel Martín, recién llegado tras una larga estadía en Argentina.

El joven doctor –apenas treinta y dos años- recordó que había de trazar un círculo, introducirse dentro, dibujar una estrella de seis puntas, el Sello de Salomón; y sobre todo no mirar a la espectral comitiva, por lo que se tiró en el suelo boca abajo…

Pero a Pedro Caldas le pudo la curiosidad y alzó la vista al mismo tiempo que rezaba con desespero e inquietud. Contó dos filas de doce espectros cada una. Vestían sudarios blancos y sobre las cabezas lucían un picudo capuchón.

Precedía la procesión un hombre pálido, delgado, aparentemente vivo, portando una cruz y un hisopo con agua bendita. Detrás de él iba el espectro mayor y el resto de los fantasmas, portadores de una tibia humana encendida en su extremo como si de una vela se tratase.

Pedro Caldas, aterrorizado por la visión, creyó ver entrando en la casa al cadavérico Miguel Martín y en ese mismo momento los espectros se alejaron adentrándose en una carballeira próxima.

Cuatro días más tarde, Miguel Martín era enterrado en el cementerio de San Xoan de Río y el doctor, tras asistir al funeral, tomó la decisión de pedir el traslado a Cea.

Pedro Caldas jamás contó a nadie por qué se iba, salvo a la joven Felicitas, que guardó su secreto hasta que don Fermín, el cura, se lo arrancó en confesión.

En el año 1993 Felicitas era una anciana de 94 años bien llevados y con una excelente memoria.

Yo no sé bien si este relato es ficción o realidad, pero no es la primera vez que me cuentan apariciones de la Santa Compaña, cuando indagas el pasado de lo que algunos llaman Galicia profunda y que, a mí, siempre me recuerda un verso de Salvador García Bodaño:

Galicia do sí, do non ou do quen sabe… ¡Duda inmensa!”

24

LUNA MONTOYA, ¿BRUJA O ASESINA?

Me contaron que nació gitana en La Caeyra, pero a sus quince recién cumplidos renegó de la raza para no casarse con su destino zíngaro y pasar, ¡aún encima!, quince días celebrándolo…

Tenía un tremendo espíritu de aventura e inició su vida libre entre hippies llegados a Pontevedra desde Cataluña, con los que se fue a un lugar llamado Poso, inhabitado por sus propietarios, ya emigrantes en los cincuenta al Brasil de Jorge Amado, el poeta del amor.

Pero Luna Montoya, con solo dieciséis abriles y una belleza morena, buscaba otros placeres en la vida, nada coincidentes con aquel rollo de la música, las flores, la paz y el fuego de campamento. Para eso conoció a Adalberto Graña, único habitante de aquella aldea y propietario de ciento cincuenta vacas, mitad de carne y mitad de leche.

Se lo llevó a la campa del molinoun verde y gran colchón para el amorle enseñó sus poderes de gitana de ciudad aún tierna por adolescente y el nombre de aquel viejo lobo de Ancares se quedó en Berto.

Sus sienes plateadas para nada influyeron en sus placeres sexuales… De noche, al amanecer, a media tarde, en casa, en la campa, en el prado junto a las vacas o escuchando el aullar de los lobos de la sierra de madrugada…

¡Siempre hay un momento para el amor cuando se conoce pasados los cuarenta!

Al cumplir los 18 Luna se casó con Berto. Los días siguientes a la boda, nada extraordinaria, los pasaron en Mazo, aquella aldea única que distaba dos horas de la otra aldea abandonada en mula, que a pié eran cinco…

Y dos meses más tarde, misteriosamente, Adalberto Graña murió “de repente” olvidado de Dios y de sus ministros, al pie de la sierra más hermosa que yo he conocido.

Luna Montoya le gustaba decir…

– Berto murió de amor…

Pero su primo Andrés terqueaba con que Adalberto Graña había sido asesinado por la “bruja” Luna, quien vendió todo el ganado a un tratante de Becerreá tras dejar enterrado en el cementerio de Piornedo a su primer amor.

Ningún periódico habló del asunto y el médico certificó muerte por infarto

La historia surgió una noche de un otoño de este siglo, en el refugio de Degrada, contada por la encargada del edificio. Aquella buena señora, sentenció a Luna

– Ela era meiga e matóuno… ¡Votoulle un veneno dos que non se ven na comida! ¿Se non por qué se marchou tan pronto de eiquí e se foi as Américas…?

En un viaje a Caracas conocí a Donald Pávez, dueño de un chiringuito playero en ese paraíso venezolano que llaman Los Roques

– Hace un año que lo vendí, chico, que la playa está bien para una temporadita. Allí te mueres de calor.

Estábamos en un club de jazz tomando un palo y la noche se cerró en madrugada para que Donald pudiera seguir hablando…

– Yo me fui a Los Roques por una pavita gitana, gallega, hermosa, morena, de grandes ojos negros, guapa como ninguna y cintura de avispa. ¡Chico, parecía una modelo!

– ¿La quieres?

– Verás. Era especial, muy especial. Me volvió loco de pasión con sus mil modos de hacer el amor…

– ¿Te dejó?

– Me dejó para siempre, mi amigo. Se fue al cielo… Por aquí, en La Candelaria, tengo un amigo gallego que cuando se la presenté me dijo que era bruja y que tenía poderes especiales, que la dejara; pero eso para mí era ya imposible…

– ¿Y cómo os fuisteis a Los Roques?

– Porque habíamos ganado buena guita los dos, trabajando en el Tamanaco…

– ¿Y entonces qué pasó?

– Se llamaba Luna y quizá por eso murió al amanecer, según la policía…

– ¿La mataron…?

– No, murió de repente. Al parecer como su primer marido, el que tuvo en Galicia. Me contó que se vino a Venezuela porque allá la llamaban bruja…

Luna Montoya amaneció muerta a los 29 años sobre su lecho de la cabaña de Los Roques. La Policía venezolana investigó el suceso, pero no halló indicios de criminalidad. El forense dictaminó muerte por infarto de miocardio.

Nadie, salvo Donald, fue a su entierro…

– ¿La mataste tú, Donald?

– ¡Estás loco chico! ¡Jamás encontraré una mujer que me dé tanto amor como ella!

Donald terminó el relato contándome que, el día que murió Luna amaneció más tarde y todo el mundo en Los Roques había visto como un grupo de gente brillaba sobre el agua del mar al mismo tiempo que se escuchaban rezos…

A Donald le había dicho su amigo de La Candelaria que la Santa Compaña había venido por aquella gitana morena que, según se decía por Ancares, había envenenado a su marido con un veneno que solo las brujas conocen.

¡Y yo que creía que la Santa Compaña jamás emigraría de Galicia!

XERARDO RODRÍGUEZ