Lo prometido es deuda, así que inicio hoy la publicación de algunas partes de mi libro “Galicia en Rojo”, en el que se narran curiosidades de la muerte y la vida, y algunos de los crímenes mas horrorosos de la historia del país…

VIDA Y MUERTE

La vida no vale nada y la muerte es el gran misterio. Aquí rendimos culto a ambas. A la vida por corta y a la muerte… por si acaso.  “Asejún”, como dirían en Camariñas, en donde hay gente que baja la voz para no despertar a los monstruos que habitan en las cuevas del Cabo Vilano, en donde duermen las mil doncellas encantadas. Este es el mejor ejemplo de Vida y de Muerte…

La vida es el percebe que se aferra a la roca para que, quienes la amamos, lo disfrutemos.

La muerte son las mil doncellas que representan los mil náufragos de esta costa del diablo.

El diablo es “O Demo”, el hombre de la barca negra que te tiende la mano si te caes al agua, pero no para salvarte, si no para llevarte al Averno.

La luz del Faro y la negra oscuridad “que conduce el barco a las piedras”.

La vida y la muerte.

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CRIMEN A BORDO

Juan y Manuel Castiñeiras Fernández nacieran gemelos en el lugar de Barizo para crecer luchando a brazo partido con la Costa da Morte, en el municipio de Ponteceso. De niños ya fueran percebeiros y nadie en el pueblo sabía quién era quién por su tremenda igualdad física. Al cumplir los catorce los enrolaron a ambos en una sardinera de Corme de esas del cerco, pero aquella aventura marinera se les hizo aburrida, muy aburrida…

Y con la piel de salitre de quince mil horas sobre el mar cogieron rol y macuto para poner rumbo al puerto de Coruña.

Manuel y Juan, los gemelos de Barizo, ejercieron de estibadores en las madrugadas y de muy golfos en los amaneceres, siendo famosos por los lugares que entonces, a principios del siglo XX, escalaban las calles del placer de la ciudad herculina.

Eran las siete de la mañana y Mercedes Varela se dirigía al trabajo por el oscuro camino que bajaba de Monelos hacia el centro –lo que ahora es la Ronda de Outeiro– cuando se encontró con Juan Castiñeiras; subía la cuesta, borracho y provocador…

¿Queres un moso, juapa? ¡Aquí o tés coa piroliña disposta!

Saca de ahí, asqueroso, que berro…

Aquel salvaje sacó una navaja del bolsillo, la puso en el cuello de la joven a la que violó y agredió con saña, al mismo tiempo que le advertía…

Se dís algo volvo a por ti e mátote, me cajo en…

Un lustro más tarde Juan seguía de estibador de madrugada y de violador en los amaneceres de A Coruña, aquella ciudad que gracias a él ya no era tan tranquila… Hasta tal punto, que ninguna mujer joven se atrevía a caminar sola, cuando aún la noche cubría de negras sombras los caminos de las afueras.

Sin embargo, su hermano Manuel, su gemelo, navegaba de cocinero en una de las muchas “lanchas del xeito”, de las que entonces pasaban de A Marola para procurar mariscos y pescados que luego vendían en la lonja herculina.

Tenía su base en Lorbé y vivía ajeno a las muchas aventuras de su hermano, al que apenas veía.

Aquel invierno de 1921 vino crudo y una noche de enero el temporal arreció tanto que hundió al “Santa Rita” frente al Faro de Mera, cuando regresaba del puerto de A Coruña, después de hacer la descarga y la posterior subasta del mejor pescado de aquel bravo mar de A Marola.

De sus ocho tripulantes solo el cocinero consiguió llegar a nado a la playa… Del suceso daba cuenta “La Voz de Galicia” y la foto de Manuel Castiñeiras salía en la primera página del periódico.

Mercedes Varela nunca había podido olvidar aquella cara y aún no se había recuperado de aquel salvaje ataque del “violador de Monelos”, como se le conocía ya en la ciudad…

Al ver aquella foto en el periódico corrió a la comisaría de policía y le dijo al inspector Manzano…

Este cabrón… ¡Este es el violador!

Pero si este es un marinero de Lorbé, señorita…

Fue este hijo de p… ¡Estoy segura! ¡Lo juro!

Acompañado por dos “armadas” de paisano se presentó en aquella taberna de Lorbé el inspector Manzano. Primero fue testigo de la escena en la que Manuel Castiñeiras, visiblemente ebrio, invitaba a vino a todo el que quisiera tomarlo para celebrar que se había salvado. Luego, simplemente le enseñó su placa y le dijo…

Tiene usted que acompañarnos a Comisaría, señor.

¡Eu non fun! ¡Eu non fun! –gritaba en medio del asombro de todos, Castiñeiras.

Ya en Comisaría y tras 24 horas de interrogatorio, se confesó autor del crimen de los siete marineros del Santa Rita, a los que envenenó con una abundante dosis de matarratas mezclada en una sopa de pescado… Lo hizo para quedarse con el dinero de la venta del peixe:

Cando xa estaban todos mortos abrín unha vía de auga con unha machada, puxen un salvavidas e deixeme levar pola corriente ata a praia… o mesmo tempo que vía como se afundía o barco.

Días después, el mismo inspector Manzano detuvo a Juan Castiñeiras como autor de varios delitos de violación. Ambos hermanos fueron juzgados en la Audiencia de La Coruña, en cuyos archivos figura el caso como uno de los más tremendos y curiosos de cuantos se enfrentaron a la ley en los quinientos años de historia de la Justicia gallega.

Se dice que Juan Castiñeiras se suicidó en el penal de Ocaña y que su hermano Manuel murió en la prisión provincial, cinco años más tarde, de un “ataque al corazón”.

A veces, la realidad es lo más parecido que hay a la ficción. Aunque cuando he contado esta historia a alguien… ¡Siempre me tildó de tener mucha imaginación!

XERARDO RODRÍGUEZ