GALICIA EN ROJO

CASTAÑAS QUE LIBERAN ALMAS EN PENA

El otoño es policromía de hojas que vuelan sobre el bosque, al recibir la brisa melancólica que escala la copa de los castiñeiros. El castiñeiro es el corazón vegetal que late en la vieja aldea y la castaña su fruto. Ambos son la vida y la tradición; y de ellos emanan los ritos de incierto origen que seguimos cada año, cuando el sol ya no quema.

Es el árbol sagrado que trepa por las laderas desafiando precipicios y es su fruto de sabor único, porque casa con casi todo.

La castaña y el fuego son los elementos que dan rigidez otoñal a las esotéricas formas de la magia; las que cuentan los abuelos, inspirados por la llama misteriosa de una lareira.

En Cudeiro contaba mi abuela una tradición muy antigua, que asombraba especialmente a los niños cuando preparaban su inocencia para la primera comunión de la postguerra. La abuela los obligaba a comer castañas, solo castañas, la noche de difuntos; porque así liberaban a las almas en pena de las llamas del Purgatorio. Por cada castaña que comía un niño, un pecador abandonaba la antesala del Cielo… Algunas noches otoñales, cuando la niebla del Miño ascendía por el empedrado Camino Real, incluso se veía como las almas, liberadas de su pena, emprendían la Ruta Xacobea.

La castaña, ese encarnado fruto oculto en los erizos, fue alimento indispensable de la aldea, en el olvidado tiempo en que tuvimos que emigrar. El castiñeiro es el símbolo del señorío espiritual de Galicia, porque, según Castelao, sus ramas cuentan cuentos al viento. El souto de castiñeiros es, pues, el paisaje perfecto, al pie del sendero que conduce a nuestro pasado.

Ya sabes…

Por cada castaña que coma un niño la noche de difuntos se libera un alma en pena… Mi abuela bien lo sabía.

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PAULINO. LA MATANZA DE CHANTADA

Nadie, ni siquiera sus familiares, encuentran una explicación racional de los motivos que empujaron a Paulino Fernández, de 64 años, casado con una mujer 11 años mayor que él, medio ciega e inválida, a acuchillar a todos los vecinos que encontró a su paso, aquel día de marzo de 1989, en la pequeña parroquia de Sorribas, del ayuntamiento lucense de Chantada.

Las crónicas de la época, aclaran así lo que los gallegos conocemos como “La Matanza de Chantada”:

“Paulino no discutió con nadie. Se limitó a salir de su casa con un cuchillo de grandes dimensiones, de los utilizados en la matanza del cerdo y atacar a todo el que vio. El único motivo que podría explicar la conducta de Paulino -un hombre reservado, pero de carácter aparentemente normal- es la obsesión que mostraba últimamente por sus propiedades.

El labrador, muy tacaño según algunos de sus vecinos, había comprado recientemente varias fincas a unos familiares emigrantes en Brasil. Esta compra le sumió en un notorio nerviosismo que le hizo confesar a varios de sus allegados un extraño temor porque los vecinos le arrebatasen las tierras.

Los temores le llevaron incluso a pedir consulta legal y en un momento llegó a advertir a un familiar:

—- “Me encuentro muy mal, creo que me voy a morir”.

Otros aseguran también que les había dicho que tenía unos fuertes dolores de cabeza…”

Recuerdo que todo el mundo procuraba aportar en su crónica mil explicaciones al suceso y nosotros, en la Televisión de Galicia, le habíamos concedido prioridad informativa a un hecho que nos devolvió, años después del “Caso Metílico”, al primer puesto del ranking de la crónica negra española.

Por eso pude conocer yo los pormenores de la vida de Paulino Fernández en Sorribas. A principios de los ochenta fue cuando su mujer perdió visión y como, dicen por aquí, se dejó ir…

—– Xa non sirvo para nada…

Es la frase que solía repetir a Paulino, con insistencia, y lo que llevaba a este siempre a Chantada, en busca de escenas más agradables que las que vivía en su hogar…

Contaban algunos que Paulino se había enamorado de una prostituta brasileña, de un burdel de carretera, con la que agotó las últimas gotas del elixir juvenil que guardaba en su corazón ardiente.

Un buen día, aquella joven cambió de aires y Paulino se quedó solo, otra vez, con la tragedia de una mujer casi inválida y ciega; y la monotonía de la aldea, esos trabajos poco ilusionantes, que se repiten una y otra vez en la soledad más absoluta…

El médico de cabecera lo mandó al psiquiatra y tras unos días en el Sanatorio de Toén, sin que nadie se enterase, volvió al pueblo con una esquizofrenia tan diagnosticada como ignorada por todos, incluso por sus familiares…

Aquel martes, de regreso de Chantada, Paulino llegó a casa deprimido. Su hermano Marcelino lo notó raro, pero eso casi era normal. Comió en familia y se fue… Eran las tres y media.

Una hora más tarde, Paulino Fernández se había convertido en el “asesino de la matanza de Chantada”, en el hombre que, utilizando un cuchillo de matar a los cerdos, acabó con la vida de seis personas e hirió a otras trece.

Sorribas, un pueblo de medio centenar de habitantes, se vistió de luto y en horas se dieron cita en el lugar, detectives, guardias civiles, periodistas de todo el estado, cámaras, fotógrafos… Como hacía treinta años que no sucedía en la Galicia Única.

La escena final de tan horrendos crímenes se produce en el propio hogar de Paulino, en donde le sorprende Javier Cuñarro, que le ve todo ensangrentado en la cocina…

—– ¿Qué fixeche Paulino?

—– ¿E ti a que ves aquí? ¿Queres morrer tamén?

Javier logró escapar, mientras Paulino, con la casa ardiendo, se tumbó en su cama y esperó en ella la llegada de la muerte…

Su hermano Marcelino identificó el cadáver mientras en el resto del pueblo la consternación de sus vecinos daba inicio al ritual popular que en las aldeas de Galicia se sigue tras la llegada de la Parca.

Pero nadie reparó nunca, ni siquiera con el paso de los años, en que un psquiatra había diagnosticado esquizofrenia a Paulino y que el autor de “La Matanza de Chantada” nunca debió de abandonar Toén…

En Chantada, a pesar de los crímenes, le recuerdan como un solitario, buena persona, pero nada agresivo… Y nadie sabe nada de sus aventuras en aquel bar de carretera, distante de la villa, cuyas puertas cerró dos meses después por falta de clientes.

XERARDO RODRÍGUEZ