TRAZOS Y TROZOS (de mi vida

 PASEOS

El guardia civil aquel, el bigotudo, hacía méritos en el puesto del Puente asesinando a presos políticos a los que llevaba de paseo para imponer el mandado del sargento-comandante del puesto. Con el tiempo me enteré de que se llamaba Pachón y era extremeño de Puerto Urraco. Como le gustaba apretar el gatillo de su mosquetón, aquel sanguinario jefe del Puesto le encargaba a él los horribles crímenes que llenaron de tumbas de republicanos la Carballeira de Chaín.

Un día me lo encontré en la tienda de mi tía Delia, charlando con mi tío Aníbal, al que le daba la vara por sus hermanos muertos en el frente de Asturias. A todos en la aldea les había muerto alguien en el frente de Asturias…

A mí, nada más entrar, me dijo aquel día…

—- Rojito, ¿No serías tú el que quemó la fuente del Picho que ya no echa agua?

—- No señor. Además, el agua no arde y yo no soy rojito, soy un niño.

Siempre que Pachón se cruzaba conmigo me amenazaba con llevarme al cuartelillo. Yo bien sabía que era un asesino, pero en aquellos años cincuenta y con aquel dictador mandando en España ningún guardia civil iría a la cárcel por matar rojos.

Sin embargo, Pachón murió joven, de uniforme, paseando por el Camino Real: a la altura de Chaín una piedra de gran tamaño le cayó encima como si la hubiera empujado una poderosa fuerza de otro mundo. La leyenda dice que sus huesos aún permanecen debajo del granito justiciero.

Ese día hubo mucha gente que se puso muy contenta en la aldea, especialmente mi tía Delia: Pachón, el guardia civil muerto, era su mejor cliente pero nunca pagaba; seguía el ejemplo de Carmen Polo de Franco aunque el difunto solo compraba “suministros”, para beber y para comer, más algún capricho que siempre se llevaba tras recorrer las dependencias de aquella modesta tienda de aldea, una más de tantas en las que se inspiró el sastre Ramón Areces Rodríguez para fundar El Corte Inglés y hacerse rico.

MISERABLES

En aquellos sesenta, cuando me habían convertido ya en periodista, la miseria afloraba por las cunetas de las carreteras como las margaritas en primavera. Se me dio por escribir de los parias de la tierra y le conocí a él, gitano de alma y vida, dueño de su señora y padre de sus churumbeles. Vivían bajo su lona en unas ruinas de Mollabao y se dedicaban a la chatarra, que entonces aún no se inventaran los mercadillos. Stéfano era de esa saga húngara de conductores de carromato y tenores nacidos para avivar el fuego del campamento con canciones hermosas a la luz de la luna. Ella, Sounya, la sabia romaní, trajo a este mundo una nueva dinastía capaz de subsistir en tiempos difíciles.

Tuve suerte aquella tarde en la que el sol, que no la lluvia, se posaba en la ría tras la isla de Tambo. Me contaron como el amor pudo más que nada: con él a cuestas huyeron del campamento de sus abuelos montado cerca del castillo de Drácula, en Viscri, el más hermoso pueblo sajón de Transilvania, un tesoro medieval para viajar a la belleza y a la autenticidad del pasado y la leyenda.

Todos dormían menos Stéfano y yo cuando el sol de la alborada levantó el telón y cantamos a dúo aquella que yo me sabía del coro del colegio…

—- Canta mendigo errante… tus miserias por el mundo… Que tu canción, quizá, un día llegará… hasta la aldea donde tu amor está.

Al despedirme de Stéfano tuve la sensación de ser el guardián de sus secretos de joven partizano y el poseedor de una larga historia que contar. Pero aquella fue la última vez que le vi… con vida.

ASESINATO

El cadáver yacía en el camino que discurría pegado al viejo Lérez en dirección a Marín. Abrazándolo, Sounya dejaba que sus lágrimas fluyeran de sus ojos negros con toda la fuerza de una tristeza inmensa. Sobre la gitana de Viscri sus churumbeles también lloraban aquella partida que la Guardia Civil investigaba como asesinato: Stéfano había sido atropellado al amanecer por un conductor borracho hasta la saciedad; tres caminantes, obreros de una obra próxima, fueron testigos de aquella muerte y del llanto de quienes lo habían perdido todo.

El conductor se dio de bruces contra el suelo al bajar del lujoso coche, identificado como vehículo propiedad de uno de los empresarios de la construcción más ricos de Galicia. El sargento reconoció a Raimundo como el autor del mortal atropello y allá se lo llevaron al Cuartel, detenido y acusado de homicidio.

Mientras, yo miraba al faro de Tambo y le preguntaba que iba a ser de aquellos huérfanos y de su madre, mujer sin patria, cuyas pertenencias cabían bajo una lona entre las ruinas de Mollabao. Hallé la repuesta en las instrucciones que dictaba el viejo profesor y buen alcalde:

—- ¡Qué no les falte de nada a esos niños! ¡Ni a su madre! Hágase un funeral por el padre fallecido de esas criaturas y descansen sus restos mortales en el cementerio de San Mauro.

El ayuntamiento se hizo cargo de todos los gastos fúnebres y…

—- A los niños los mandaron a un orfanato y a Sounya a servir, ¿verdad?

No; quisieron volver todos a Viscri con aquella madre desesperada. Los gitanos romaníes, repitieron los cánticos cantados ya tantas veces por las ondas de la ría de Marín y su eco atravesó los océanos para que ni un solo gitano dejase de asistir a la ceremonia.

—- ¿Y el asesino?

Quedó en libertad sin cargos. Gastó su fortuna en construir la Atlántida, una fortaleza llena de lujos que miraba desde la ladera del monte a la capilla de Nosa Señora de A Lanzada. Pasaba las horas pidiendo perdón al dios de los gitanos por el crimen que había cometido… Pero una tarde de agosto… sus ojos se cerraron al mirar un hermoso horizonte rojo; y a las doce de la noche, cuando la Luna se bañaba desnuda en el mar de Ons, Raimundo penetraba en el mar acompañado de la Santa Compaña. Olía a carne quemada y la música sonaba similar a la que emana de la pileta del herrero cuando apaga el hierro candente.

A veces, cuando voy camino de Marín por la primera autopista sin peaje que se construyó en España, arrimo el coche para ver la embocadura de la ría y sí acaso volver a hablar con Stéfano, el gitano de alma y vida que me confió sus secretos aquella última noche de cánticos zíngaros inolvidables.

Huete me había dicho:

—- Tu sensibilidad es conmovedora y la historia…, la mejor contada que he leído nunca en un periódico como el nuestro. Estoy convencido de que serás un gran periodista y yo me sentiré orgulloso de ti.

Eran las tres y media de la madrugada y nos fuimos a cenar al Bar de O Coxo, en la Lonja de Marín. Unas cigalas de las que aún llaman minifalda y empanada de xoubiñas. Xosé arrastró su pierna mala con una jarra de las de blanco en la mano derecha y sirvió tres tazas: brindamos por un buen viaje para Stéfano y por el éxito de aquella familia gitana, mitad húngara y mitad romaní. Nunca les olvidé.                      

Director de GALICIA ÚNICA