Paseando por los lugares ocultos de Cudeiro con mi amiga Berta…
Me he levantado antes del amanecer grandioso de este martes que promete ser de los mas calurosos del verano mas ardiente de la historia, desde que comenzaron a escribirla los meteorólogos. Cuando el sol inundó de luz mi Val da Mahía estábamos ya a 18 grados según marcaba mi móvil y el mismo informante me dice que pasaremos de los 38. Por aquí nos queda la esperanza de que el jueves se va esta nueva ola africana y dicen los de la tele que volverán aquellas temperaturas razonables de mis agostos juveniles. Ojalá.
Mientras dure agosto, ya sabes que esta crónica será una mirada al pasado extraída de mi libro “Trozos y Trazos (de mi vida)”. Hoy me detengo, en mis 10 años, paseando por los lugares ocultos de Cudeiro con mi amiga Berta…
TROZOS Y TRAZOS (de mi vida)
BOSQUES
Berta y yo descubríamos los escondites de nuestra infancia en los bosques que rodeaban la aldea. Nos parecían maravillosos, aunque solo fuera por las degradaciones cromáticas que se veían por encima del tapiz verdoso donde cada uno de ellos crecía en libertad. Me fascinaban los diversos momentos en los que la luz obtenía irrepetibles colores provocados por la fantasía de cada instante entre los árboles, paso a paso.
Nuestros bosques, los escondites de cuando éramos niños, amanecían con bruma mansa de esa que lo empapa todo. A través de ella penetraba un sol tímido matizando las perspectivas. Clareaba más allá del mediodía entre conversaciones de pájaros. A veces, por la tarde, el verde se tornaba gris plomizo de lluvia. Pero lucía sus máximos cuando el cielo se teñía con el rojo gastado de un largo atardecer.
En nuestro bosque preferido, los árboles crecían con extrañas formas abrazados por líquenes misteriosos y a su lado, helechos de ascendencia centenaria escondían casas de gnomos. Berta decía que en aquel Souto de Rei también habitaban las hadas en los huecos de los castaños milenarios, a los que aún rinden homenaje los carballos. Este bosque es la fraga, bella y misteriosa, que rompía en dos el arroyo del Val do Regueiro.
Me contaba mí abuela que, bosques como los nuestros, los que rodeaban aquel mirador de la ciudad que fue extendiéndose desde las riberas del río Miño, cubrían todo el país cuando el territorio era solo de los galaicos. Entonces eran espacios de leyenda, mágicos, llenos de fantasía.
MAQUIS
Berta y yo partíamos siempre del prado más alto de Cudeiro para, siguiendo el sendero que pasaba por el pazo de Souto de Rei, llegar a nuestro bosque encantado; el camino trepaba por la ladera hasta llegar a Vilar das Tres.
Los dos andábamos en la frontera de los diez años y hacía tiempo ya que el beso aquel nos dejara indiferentes. Pero éramos amigos y como tales emprendíamos juntos la aventura de buscar el reino de las hadas y la aldea de los gnomos.
—- Mira, mira… ¡Un señor con una escopeta!
—- Debe ser un cazador furtivo, porque aquí no dejan cazar…
Era alto, fuerte de complexión, pero de cara muy delgada. Sus ropas parecían restos de viejos uniformes militares y la boina negra de tan degradada ya casi era blanca. Nos miró con recelo y no dijo nada, pero se sentó a observarnos con desconfianza…
Entonces, recordé que al otro lado del Miño se habían escuchado disparos hacía unas noches y mi padre le había contado a mí madre, mientras cenábamos:
—- Los maquis andan por aquí. Ayer hubo un enfrentamiento en Velle con la Guardia Civil. Dicen que hubo varios muertos…
Aquel recuerdo despertó aún más mi curiosidad y, apretando la mano de Berta, me acerqué al vagabosque cuya presencia nos sorprendió entre la niebla de la mañana…
—- ¿Eres un maqui?
—- ¿E ti, mocoso, que sabes dos maquis?
Aunque no me gustó nada que me llamara mocoso delante de Berta, le contesté:
—- Sois militares republicanos que os refugiasteis en la montaña cuando terminó la guerra civil…
—- ¡Carallo pro rapaz! ¿E quen che contóu iso?
—- Meu pai…
Aquel hombre posó la escopeta en el suelo y preguntó:
—- ¿E cómo se chama teu pai?
—- Luis… ¡E miña nai Raida!
—- Así que eres o fillo da maestra…
—- Sí, i esta é miña amiga Berta, do Outeiro. ¿E ti como te chamas?
—- Agora chámannos a todos Foucellas, pero eu son Eladio, de Soutelo. Todos me diron por morto e trato de volver a casa… ainda que soio sexa por uns días.
Pasaron dos o tres años hasta que volví a ver a Eladio, en el Turreiro, frente a la Iglesia de Cudeiro, esposado y escoltado por dos guardias civiles. Su sonrisa fue de complicidad y de agradecimiento por el bocadillo que le llevé aquella misma tarde; un queso de tetilla y una bolla de pan fresco que mi abuela no se explicaba quien se había comido.
Subía aquella lúgubre comitiva por el viejo Camino Real. Berta y yo les seguimos por A Costa hasta Chaín, donde el guardia civil aquel, bigotudo y mal encarado, hizo sonar su rifle y nos dijo, amenazante…
—- ¿Es que queréis morir vosotros también? ¡Largo de aquí, coño! ¡Iros para casa!
Y allí, en Chaín, nos quedamos temblando, abrazados el uno al otro, hasta que un disparo a lo lejos nos heló la sangre y el miedo se apoderó de nuestras almas…
Aquella guerra, al parecer, aún no había terminado…
CIEGO
Berta se marchó a Barcelona y jamás supe de ella, desde que cumplió los dieciocho… ¡Siempre echaré de menos a mi amiga de la infancia!
A mí las vueltas que da la vida me devolvieron a Ourense para ser una de las voces de su nueva radio, “La Voz del Miño”, junto a Pepe Nuñez, inolvidable compañero y amigo inseparable en aquellos años en los que el concepto amistad era todavía sagrado…
Un día de otoño, allá por los sesenta, íbamos caminando y conversando por la calle del Paseo mi hermana Bety y yo. En la esquina a Capitán Eloy, un cieguecito que vendía el cupón me dijo:
—- Geruchiño –como me llamaban en Cudeiro-; tí eres o Geruchiño… ¡O que fala pola radio! ¿Ou non?
—- Sí, sí señor… ¿Pero… cómo me chama vostede así?
—- E que así te chamábamos en Cudeiro…
—- E vostede…
—- Eu son Eladio, de Soutelo…
—- Pero…
—- Non, non morrín… ¡Quedei cego! Pero aqueles burros nin se molestaron en ver como quedaba. Recolleronme uns compañeiros perto de Amoeiro e leváronme a Serra da Martiñá. Un parente teu, ¡que xa é casualidade!, o Dr. Pepe, o médico de Cea, foi quen me salvou a vida…
Desde aquel día y hasta su muerte, mi hermana le compró el cupón a Eladio porque decía que era un tipo con suerte…
Yo le veía de vez en cuando, mientras viví en Ourense, que, por desgracia, fue poco tiempo. Tomábamos café en el Miño y él me contaba sus historias de guerra, que no eran otras que las de las de los cientos de Foucellas que por entonces y aún ahora forman parte de la leyenda no escrita de aquella ilógica guerra entre hermanos…
Eladio debe de andar feliz por el espacio, entre sus viejos camaradas maquis, aquellos idealistas que “jamás consentirían” la dictadura de Franco…





