Nuevo capítulo de "Trozos y Trazos (de mi vida)", memorias de Xerardo Rodríguez
“TROZOS Y TRAZOS (de mi vida)”
PINITOS
Yo también pasé por ese momento absurdo en el que todos buscamos ser famoso como los grandes deportistas o los periodistas, como la gente a la que admiras. En mi adolescencia estudiantil destacaban los hermanos Perla, los mejores jugando al baloncesto. Ángel Huete, el mejor redactor de La Región. O Pedro Arcas, la voz de Radio Ourense.
Cuando cursaba quinto de Bachillerato jugaba al baloncesto en el C.B. Troya, escribía en la revista “Fin de semana” que editaba el gran Luís López Salgado “Pitis” y era la voz del Programa SPAR que guionizaba Ángel Huete para Radio Orense EAJ 58, Cadena SER:
—- Señora… ¿Para que buscar? ¡Ahora está Spar!
Alguna gente se acordará; yo recuerdo incluso la sintonía, la música de la película “Los Cañones de Navarone”. Así que, a mis quince años, esos pinitos me servían para taconear con altanería frívola por los pasillos del Instituto y presumir entre las jovencitas. Porque eso de hablar por la radio… era un farde. Aunque cuando era niño, Arcas ya me había grabado una cuña publicitaria en la que decía…
—- Y unos zapatitos pequeñitos para mí…
LETRAS
Quizá aquel anuncio fuese el principio de mi vocación radiofónica, más tardía que la periodística. Pura casualidad. Ángel Huete, el mejor redactor de La Región, fue también el mejor redactor-jefe del “Diario de Pontevedra”. Como quiera que con él me iría al fin de mundo terminamos los dos en aquel periódico humilde de los años sesenta, ejemplo de buen hacer profesional en la Escuela de Periodismo de Madrid, único centro oficial durante el franquismo para cursar lo que las universidades españolas encuadran actualmente como Ciencias de la Información y de la Imagen. El periódico era un ejemplo de buen hacer en el Centro, a pesar de que, en la delegación provincial del Ministerio de Información y Turismo, del que era titular Manuel Fraga Iribarne, se decía…
—- El “Diario de Pontevedra” es un nido de rojos…
Verás. Ter cuento algún episodio de aquellos días:
“El sargento de la Guardia Civil le dio una patada a la mano y la sacó del arcén. El señor juez disimulaba hablando con el chófer del camión. Los de la ambulancia se afanaban en tapar los restos mortales del finado… Fue el joven periodista del “Diario del Pontevedra” el que tomó en la suya aquella mano y la puso con mucho respeto al lado del cuerpo al que pertenecía, el de un joven veinteañero que conducía el “seiscientos” aquel, que acababa de quedar bajo un “dos ejes. Minutos antes, la mano del muchacho buscaba el frescor del viento asomándose por la ventanilla. Cuando se produjo la brutal colisión el vehículo pesado aplastó al pequeño utilitario y la mano voló fuera de la carretera, cerca de Cuntis”.
Solo es parte de aquella mi primera crónica como redactor de sucesos. Entonces, a principios de los años sesenta, un accidente de tráfico mortal, un suicidio, el naufragio de una gamela, las inclemencias del tiempo que causaban pequeñas catástrofes… eran noticias destacadas que incluso lograban llamada en primera página.
La sección que se me había encomendado fue suficiente para curtirme y frenar las lágrimas que tenía que secar en una esquina, a escondidas, para que no se supiesen mis sensibilidades.
Como cuando, en la Basílica de Santa María, acompañado de Camilo Gómez el cristiano fotógrafo, recé por aquel señor que se tiró al Lérez desde el puente de la Barca. Había dejado una nota en su mísera vivienda, encima del bar, el único de la plaza, justo frente al sanatorio Santa María: “la culpa de que me suicide la tienen las putas y don Peregrino”. El abad de la Basílica pontevedresa interfirió en la actividad de aquel chiringuito y las autoridades de la época lo cerraron. Las putas se fueron a ejercer a La Moureira y Casiano se arruinó porque se había topado con el clero.
Peor fue tener que escribir la crónica del naufragio del “Centoleira” en la ría de Vigo, tras ser abordado por el buque “San Andrés”. El pequeño barco sardinero navegaba en aguas de la boya de Bouzas cuando se le echó encima aquel buque de hierro, un pesquero de los que faenaban en Gran Sol. 22 marineros se hundieron con el barco de bajura y solo cuatro pudieron contarlo. Eran todos de Moaña. Ser testigo de una tragedia semejante es también recordar todos los detalles del suceso, incluso la fecha y la hora en la que se produjo, en la madrugada de la noche de reyes del año 1964.
Aquellos días las lágrimas de todo un pueblo impidieron las mareas bajas y aún hoy, cuando miro al mar de Vigo, revivo la pena de mi gente y recuerdo muchas caras de dolor.
ASCENSO
Huete fue el único maestro reconocible por mi espíritu profesional y además ejerció conmigo de padrino. Todo lo que sé del oficio se lo debo a sus enseñanzas y también soy su deudo de aquel empujón que me puso al frente de la información municipal en el Diario. Por eso conocí a Xosé Fernando Filgueira Valverde, un gran intelectual que dirigía con sabiduría el prestigioso Museo de Pontevedra. Terminé siendo su amigo porque además era el alcalde de la capital y me contaba todos los días, a las tres en punto, todas las noticias oficiales, como si fuese el director de comunicación del ayuntamiento, algo que entonces no se llevaba en las instituciones.
En agosto de 1996 tuve el honor de entrevistar a Filgueira en el programa de TVE Desde Galicia para el Mundo, conversación de la que resultó la última lección magistral de “o vello profesor”, como lo había bautizado la intelectualidad de la época. Quizá alguna gente no sepa que fue uno de los miembros más activos del Partido Galeguista y uno de los pioneros de la defensa “da nosa fermosa lingoa galega”. Nunca huyó a Madrid para ejercer en la política estatal, pero sí quiso ser conselleiro de Cultura y lo fue en el primer gobierno autónomo.
Filgueira Valverde fue uno de los personajes que más influyeron en mi vida porque me enseñó a amar a Galicia.
PERSONAJES
Ser amigo del alcalde suponía una gran ventaja para el informador municipal: no solo conseguía las primicias periodísticas, también le eran presentados los grandes personajes que visitaban a la primera autoridad municipal. En esa época me creí lo del cuarto poder porque me codeaba con los mandamases de la ciudad e incluso con aquellos prebostes del Régimen que venían de visita oficial: ministros, banqueros, millonarios…
Por ejemplo, tomando café en la Casa del Barón con el jefe supremo de la Fuerza Aérea, la conversación se convirtió en una serie de intimidades que el teniente general tenía ganas de contarme tal vez para que le compadeciera: su hijo era miembro del Partido Comunista, él había llegado a ministro, pero sentía una terrible amargura en el pecho que le estaba royendo el corazón. Una noche el teniente general puso su pistola encima de la mesa y le dijo…
— Hijo mío, pégate un tiro: tu ideología no es de este mundo.
— Padre, suicídese usted, no está acertado sirviendo a la dictadura.
Dos páginas recogían las confesiones de aquel militar de alto rango, pero los hombres de gris se encargaron de dejarlas en el tamaño de una simple nota social. A la semana siguiente, el militar dejó de volar alto al ser publicado su cese en el boletín del Estado.
Aquel día supe lo que eran confidencias y solo confidencias. Paredes, director siempre ausente del periódico, me dijo que los de la Brigada Político Social me habían fichado para siempre.
XERARDO RODRÍGUEZ



