Memorias de Xerardo Rodríguez : de la Radio Popular de San Sebastián a la Radio Popular de Vigo
Buenos días, mi gente. Hasta que llegue el maravilloso septiembre esta va a ser una crónica muy especial, porque estará entresacada de mi libro “Trozos y Trazos (de mi vida)”, en el que hago recuento de hechos y sentimientos propios vividos como profesional y como ser humano. Es que preciso olvidar este presente que nos destroza, aunque solo sea por unos días, y viajar al pasado para que conozcas algo más de como fue forjándose mi amor por esta Tierra Única. Comienzo por una historia de radio. La de Vigo no fue mi primera Popular. Lo fue Radio Popular de San Sebastián o Donostia, si lo prefieres, a donde llegué como director de Programas. Este es un capítulo que creo te va a interesar.
MI PRIMERA POPULAR
Al llegar, ocupé el despacho de Félix Monedero, el canónigo-director de la emisora: una mesa limpia, una silla y dos sofás frente a frente; y una estantería que cubría toda la pared frontal. En ella, cuatro libros religiosos, un montón de discos en euskera y un sinfín de papeles que nunca miré. Examiné los discos como buen aficionado a la música que soy y se trataba de una colección de los del grupo Ez Doc Amairu; para que me entiendas, los Voces Ceibes de Euskadi. Allí estaban los singles de Mikel Laboa, Lourdes Iriondo, Benito Lertxundi, Xavier Lete…
Los mandé clasificar en la discoteca y al día siguiente comenzaron a sonar por la radio como por arte de magia en casi todos los programas, sin que la censura interviniese en el tema, a pesar de que todos figuraban en su lista de “NO radiables”. Yo era el único que no hablaba en euskera en mis programas porque no sabía, pero el resto de aquella gente comenzó a expresarse en su lengua y a destacar su cultura bajo mi responsabilidad, eso sí.
Aquel año me invitaron a presentar en Hernani uno de los conciertos de los Ez Doc Amaiuru y lo hice con mucho gusto, pero os confieso que pensando en mi tierra. También presentaba en las discotecas a los grupos y artistas españoles, como por ejemplo a Los Canarios cuando debutaron en KU. Me pagaban bien y había fines de semana que ganaba más por presentar en las discotecas que por trabajar un mes en la emisora.
Sin embargo, a pesar de aquellos exitillos comencé a pensar en que yo debería volver a Galicia para contribuir a la difusión de nuestra cultura utilizando as nosas doces verbas… para volver a expresarme en mi idioma nativo.
Y en esto llegó Iñaqui.
—- ¿Gabilondo?
—- El mismo.
Los obispos vascos tomaron partido por el nacionalismo, tanto de izquierdas como de derechas y el joven periodista acababa de terminar la carrera en Pamplona. Lo nombraron director los del Opus, pero terminó siendo más amigo de los jesuitas y de los políticos del PNV.
A mí no me dejó tocar pelota, a pesar de ponerme a retransmitir los partidos de la Real Sociedad; es que decía tenerme una gran estima profesional. Y debía de ser verdad porque cuando se fue a la SER quiso que fichara por Radio Barcelona. Contesté que no porque yo ya estaba en la Radio Popular de Vigo, que convertiríamos en mítica. Casualidad: José María Iñigo ocuparía luego la plaza que me ofertaran en Cataluña.
EL TXIQUIA
Tenía yo por costumbre tomarme un pote con banderilla en el Bar Tánger, en la calle Oquendo, frente a la emisora. Puntualmente, al terminar el programa, a las doce y diez. Allí estaba también casi todos los días un joven al que conocía como Aritz y con el que hablaba de las culturas vasca y gallega, de las que él tenía amplios conocimientos. Un día me espetó, sin venir a cuento:
—- Tú deberías ser periodista en tú país. Galicia es una nación magnífica y los jóvenes tenéis que acabar con el caciquismo y los franquistas.
—- Si tuviéramos un ejército, como ellos…
—- Lo tendréis en poco tiempo, se está formando.
No sé si él o yo, pero cambiamos de tema ante la mirada inquisidora de un nacho de esos que se acodaba en la barra investigando a todo el mundo.
No volví a ver en persona a Aritz, pero tardé solo un par de meses en dejar Donostia e irme a Vigo. Aquel año, 1969, no llegué a tomar el turrón en Euskadi y el día 19 de abril de 1973 supe que durante esa época había estado de vinos frecuentemente con Eustakio Mendizabal, a quien se conocía por Txikia; es decir, mi amigo Aritz era el jefe de ETA Militar. Lo supe por la crónica de su asesinato en el Diario Vasco: recibió un tiro en una pierna y cuando intentaba robar un coche para escapar, un agente se le echó encima y le disparó en la cabeza. Murió minutos más tarde en el Hospital de Basurto.
NOSTALGIAS
Gloria ya estaba en Cudeiro, en casa de mis padres, embarazadísima, cuando yo subí al tren para dejar Donostia e irme a Vigo. Había llegado a un acuerdo con José Andrés Hernández Vicente, director de Radio Popular. Perdía muchas pesetas y sobre todo prestigio tras ganar el Ondas, pero yo estaba enamorado de la ciudad, de la ría, de sus puertos y de su gente, además de tener un plan que iba a darle un fuerte impulso a la radio de mi país.
En el tren, no lo niego, lloré mi partida y me puse a recordar todo lo vivido en aquella ciudad europea, con un trazado de gran capital con bulevares afrancesados y barrios de gran personalidad arquitectónica, en donde se quedaban algunos de mis buenos amigos.
Pasaron por mi mente, mientras el convoy me alejaba de Euskadi, las manifestaciones de la plaza de Guipúzcoa, los pezones de Yoyes quemados con cigarrillos en el cuartel de Intxaurrondo, mis investigaciones con Carcedo buscando al cónsul Bheil, Sokoa y el cura Larzábal, aquel muchacho alcanzado por una bala perdida en el Antiguo.
Recodaba lo malo… pero también lo bueno. Gaztelubide, Arzac, la bahía de la Concha, los potes de Casa Alcalde, el Festival de Cine, la Semana Grande, los partidos de fútbol en Anoeta…
El tren me alejaba de un gran país, sin duda. Sin embargo, confiaba en que mi mundo iba a ser otro mundo una vez pasada la barrera de los treinta.




