TRAZOS Y TROZOS (de mi vida)

COMPOSTELA       

Siete son las rutas xacobeas y siete las razones que se ofrecen para abrir la puerta de la gloria en la Compostela universal. Pero… rompamos los tópicos enxebres a base de diversidad cultural, que nos devuelve la palabra de los poetas y los símbolos naturales de la tribu de nuestra memoria.

Los tópicos hablan de la lluvia enamorada de nuestra Compostela, nunca de la luz de una raioliña, ni siquiera de una vieja farola; y cuando se refiere a las sombras, siempre son negras.

Por eso, caminante, hay que pasear la ciudad de noche para admirarla mejor; sobre todo la que se estrecha entre las siete puertas que ocultan el tiempo. Porque así será posible recuperar el poema lorquiano y viajar entre las luces y las sombras de las calles de piedra, cualquier noche.

Mira y verás una ciudad que se alarga entre el lusco y el fusco y presta su esbeltez maravillosa a las tinieblas, que en la Compostela que duerme… la noche también se vuelve piedra, provocando sombras geométricas sobre las rúas estrechas y luces románticas que nos dan su versión de los templos y los conventos.

Las luces de Santiago se abren hueco entre los soportales iluminando el remordimiento de los edificios y alargando sus sombras sobre ese casco histórico que es Patrimonio de la Humanidad.

Fíjate. Las calles más antiguas se conservan casi como fueron concebidas.

Esta es una invitación maravillosa a viajar al pasado entre luces y sombras. Desde el Medioevo hasta la segunda mitad del siglo XIX siempre ha sido el tiempo el que buscó la conexión entre las tres rúas principales: el Franco desde la Porta Faxeira; la asoportalada rúa del Villar; y la que los compostelanos llaman Rúa Nova; las tres procuran la gran plaza, el Obradoiro.

Son las tres rúas que inspiraron a Federico García Lorca su “Madrigal a Cidade de Santiago” escrito en gallego y las tres, ya ves, te llevan hasta la Plaza del Obradoiro para que vivas tu sueño de una noche de verano, mientras la Luna ilumina su Catedral magnífica.

LA RADIO PÚBLICA

Tenía los ojos negros, el pelo rizado y era tan bonita que había sido miss. Lucía Fernández Novoa fue la que me abrió la puerta del nuevo despacho y mi eficiente secretaria durante el tiempo que estuve en Radiotelevisión Galicia, que así habían bautizado a la Radio Galega mis predecesores. Le he de regalar mis palabras más amables por ofrecerme su esfuerzo y ayudarme a saber quién era quién en aquel pequeño edificio del siglo XIX, insertado en el complejo administrativo de San Caetano sede de la Xunta de Galicia.

En el listado de personal que me entregó Lucía aquella mañana abundaban los apellidos de políticos -más o menos conocidos- y sobresalían los nacidos en Camariñas y su comarca. Tendríamos que restarle importancia al dato, pero no me iba a resultar fácil recomponer para todos los públicos, una programación pensada como la ruralización del éter que rellenaba el espacio sideral del país. Como me dijo alguno…

—- Galicia está rockanrrolizada  e a radio pública só pode ser galeguizada.

Según aquel pájaro “galeguizar” la cultura era radiar solo los discos de su patrocinio, entrevistar a sus personajes amigos y aprovechar el medio para mostrarse él mismo como el gran maestro de la cultureta del país.

Por eso no me extrañó nada que mi amigo Jenaro entrase en aquel heredado y pomposo despacho de ejecutivo de película y me preguntase:

—- E logo teremos que radiar moitas veces os discos de Xeira, ¿Non? ¿Cantas veces?

Es que, por lo visto, hasta entonces tenía que incluir en sus programas musicales… las canciones de Ana Kiro y artistas similares de la folklorada reinante. Tanto era así que me propuse romper con todo lo anterior, que incluía también una entrevista de treinta minutos, a la hora de la siesta y durante toda la semana con el mismo personaje, sábados y domingos incluidos.

La primera figura que escuché entrevistada por la hoy popularísima Marina Castaño fue César Dios, el gran “Diosiño”, líder de la Orquesta Florida al que debía un gran favor: me había prestado un smoking para ir con mi novia al baile de la Peregrina del Casino de Pontevedra; dicho sea de paso, la chaqueta tenía desgastada la solapa de tanto tocar el acordeón y me pasé la velada con la mano en el hombro para tapar el defecto.

A la semana siguiente Marina tenía programado a Camilo José Cela… No solo lo entrevistó durante 35 horas, como a todos los demás, sino que además se ennovió con él. Luego se casarían e irían juntos a recoger el premio Nobel. Lo demás, ya está tan contado que repetirlo aburre.

Le dimos tal vuelta a la programación que a la Radio Galega no la conocía ni quien la parió, el mismísimo José Luís Barreiro, al que noté encantado con los cambios. Sobre todo, con la idea de hacer un programa diario en ciudades, villas y pueblos. Para ello, la prestigiosa empresa URO nos había construido sobre un camión todoterreno un estudio móvil, el primero que se hizo en España: todas las mañanas rodaba por Galicia con Santiago Davila de comandante y descubriendo la diversidad de nuestra gente, sus obras y razones, convirtiéndose en el espacio líder de la radio en el país.

Para comunicar los cambios no solo usamos los medios propios, sino que hicimos una gran campaña de publicidad bajo el slogan “Deixémonos de gaitas”. No veas la que se armó. El presidente de la Xunta, Gerardo Fernández Albor, recibió más de diez mil cartas en las que se pedía no solo la retirada inmediata de la publicidad, sino también mi cabeza. Todas las misivas las firmaban gaiteiros; estaban furiosos porque algunos son muy diestros, pero la mayoría eran incapaces de interpretar un refrán más antiguo que los Cachafeiro de Soutelo de Montes, generalmente utilizado por las abuelas coetáneas de Mamá Ramona para regañar a los nietos, que éramos todos unos trastos.

También es cierto que recibimos algunas felicitaciones, incluso de gaiteiros tradicionales como los Froito Novo de Melide; eran amigos, les grabáramos un elepé para Xeira, primer sello discográfico gallego, idea de Juan Santabaya, presidente de Movieplay, que hicimos efectiva con Gustavo Ramudo, el mayor genio de la producción que conocí en España.

Xeira fue mi pequeña aportación a la música del país y ahí están en Youtube las canciones de Pilocha, Xosé Manuel Conde, Suso Vaamonde, la Banda de Guláns, la Coral Casablanca, A Roda, Mareira, Son Lalín, etc. para recordar el final de aquellos primeros tiempos en los que solo Voces Ceibes hacían sonar sus guitarras y sus protestas por algunas emisoras, que aún vivía Franco.    

LUSCO FUSCO

Entonces, adquirí la costumbre de perderme en mi soledad en la perspectiva natural para ahogar los problemas. O sea. Procuraba la elemental paz de sal.  Esas rías y mares que provocan la belleza litoral. El paisaje de estatuas de salitre y rocas de aguja, que emergen entre playas interminables de blanca arena. La luz intensa del Faro que compite con el sol, cuando enrojece los cielos de otoño. Las islas que se alzan sobre los espejos de azules infinitos… y esas estrellas de oro posándose en los dos mares cuando se produce el milagro, cada lusco fusco.

Para recuperar la pasión y volver a ser mi propio yo partía de Compostela, siempre que me era posible, en busca de la costa. El guion de aquellos meses, además, lo exigía.

Lo supe una mañana en la que, de cincuenta llamadas telefónicas, cuarenta fueron de políticos. Todos querían saber de cierta conspiración contra el presidente. Por lo visto estaba a punto de producirse un golpe de estado en la Xunta. Y yo lo sabía, claro. La rebelión de Barreiro y un grupo de conselleiros contra el presidente Gerardo Fernández Albor me había sido anunciada porque estaba dentro del sistema casi sin haberme enterado.

Pasó en tan solo unos días. Por la tarde, el martes, me echaron de una reunión en la que estaban todos los que eran. Al día siguiente, viví emotivos momentos con el presidente, en su despacho del Palacio de Rajoy. El viernes ya no eran todos los que habían sido. Ese fin de semana los parlamentarios se rebelaron contra el Todopoderoso que había planificado el golpe. El lunes, el presidente firmó su cese y nombró a Mariano Rajoy vicepresidente de su gobierno…

Así que, me fui a Muxía y entre el faro de A Barca y Cabo Vilano, tras convocar a la reina de las meigas, medité mi decisión. Se trataba de seguir o no seguir.

Por una parte, me daba no sé qué dejar mis ideas encima de la mesa del director de la Radio Galega y buscar nuevo destino, otra vez, con mi compañera y mis tres hijos, Gloria, Gerardo y Betty, acostumbrados ya a todo cuanto Santiago proporcionaba a los adolescentes de la época, que por algo es una ciudad universal y universitaria.

Por otro lado, si me quedaba tal como me habían ofrecido, traicionaría al político más admirable que había conocido y al que debía el despegue de mi carrera de ejecutivo.

Así que, ante la silueta de Faro Vilano y recordando los naufragios que se produjeron en esas aguas, decidí pedir permiso para seguir al frente de la radio pública a quien me había nombrado. Sí. ¡Como lo lees!

Barreiro me dijo:

—- ¿E ti por qué tes que dimitir? Ti non eres un político…

¡Permiso concedido por todo un caballero de la orden de Santiago!

XERARDO RODRÍGUEZ