Más de las memorias de Xerardo Rodríguez) San Sebastián, Vigo y su ría...
ETA
En el norte de España, en Euskadi, la sociedad vasca se movía entre el miedo y la convulsión. Unos tenían pánico a los franquistas, que allí la guerra seguía en forma de guerrilla urbana. Los otros temían que, o bien los secuestrasen, o les pegasen un tiro en la nuca, o hicieran volar por los aires su coche con ellos dentro. Una organización política que conocíamos como ETA-Político Militar se escindió en dos y al final aquel grupo se quedó solo en ETA Militar, el objetivo de todas las fuerzas de seguridad del Estado. Los unos llamaban a aquello “conflicto” y los otros solo veían a jóvenes asesinos con pistolas 9 milímetros parabellum en la mano, en todas las esquinas, matando a policías y militares.
En esto, allá por el invierno del 1967, recibí un recado de un canónigo de la catedral de Donosti, Félix Monedero, que también dirigía la emisora de la COPE en San Sebastián:
—- Que si puedes viajar a Euskadi porque quiere hablar contigo…
El recado me llegaba envuelto en misterio como si se tratase de una novela de Cunqueiro y allá me fui interesado más en el envoltorio que en lo que guardaba. Porque no me cabía en la cabeza que fuese yo capaz de dejar mi tierra para ir a trabajar al País Vasco en circunstancias de guerra.
ETA ya había matado al comisario Manzanas y Donosti, la ciudad más hermosa y divertida que conocí a lo largo de mi vida, se había entristecido: las olas que se deshacían en La Concha parecían lágrimas de madres donostiarras que no entendían de conflictos; ellas habían sufrido ya una guerra y ahora les obligaban a vivir una dictadura.
El Padre Félix era bajito y feo, de Valladolid, un chapón de seminario y, por lo que supe ya antes de hablar con él, impío para ser canónigo: nadie veía bien que tuviera novia y se pasease con ella por la playa de Biarritz, en donde tenía alquilado un apartamento todo el año. Ya ves, a los vascos les molestaba que los curas se echasen novia, pero a los gallegos nos importaba un carallo que los salesianos cometiesen abusos sexuales con sus alumnos, menores de edad, asunto este de general conocimiento en Ourense.
En la diócesis donostiarra mandaba el obispo Jacinto Argaya, alineado con la línea dura de la conferencia episcopal española y enfrentado a los curas del nacionalismo vasco, especialmente a los jesuitas, que tenían a su cargo las radios de la Iglesia en Euskadi excepto la emisora de Donosti, de propiedad episcopal.
Monseñor había estado en Lugo y allí había conocido a mi colega Benito Vázquez, director de la emisora de la COPE; por eso se le ocurrió su nombre para que sustituyera a Monedero y el canónigo se fuese con su novia alemana a otra diócesis que no fuese la suya.
Lo que no contaba monseñor Argaya era con que Benito no estaba dispuesto a ir al “frente”. Y… por eso me llegó a mí aquel recado.
—- ¿Estás dispuesto a ser jefe de programas de Radio Popular de San Sebastián, ejerciendo de director…?
—- ¿Y eso?
—- Yo ya no doy para más y tengo que trabajar como pastor de la Iglesia.
El plan previsto -según me explico en aquella entrevista el propio Félix Monedero- era que el director de programas fuese un adjunto a la dirección y se hiciese cargo de ella mientras el titular se preparaba para el abandono definitivo, porque ya le había llegado la edad.
—- Pero… ¿Por qué no hacer el cambio de director sin más?
—- Porque aquella no era una cuestión empresarial, sino política. El nacionalismo vasco quería que la emisora se alinease con las de los jesuitas y comenzase a notarse la presencia del euskera y la cultura vasca en su programación y Monedero, en realidad, quería que las cosas siguieran como estaban.
Me olí aventura y allá me fui, recién casado como quien dice y con Gloria dispuesta a engendrar a nuestra primera hija.
Pero un par de años fueron suficientes para que la morriña aflorase en mis venas y juntamente con las otras circunstancias ya contadas en estas crónicas, tras tomar el turrón solo en la villa Ángel Enea de Ategorrieta, en las Navidades de 1969, puse rumbo a Vigo, la ciudad en la que fui más feliz a lo largo de mi vida.
MARISCO
Al llegar a Vigo con Gloria, lo primero que hicimos fue darnos un homenaje a base de centolla de O Grove recomendada por Dositeo…
— Un marisquiño de aperitivo e un rodaballo… ¿Fai?
— ¿Qué marisquiño?
— Unha centoliña do Grove, por exemplo. Son da ría de Arousa…
— Pois veña!
No lo dudamos. Harto de txangurro estaba yo, precisamente pensando en aquellas centollas que solo veía en casa de mis padres por Navidad, por eso agradecí el consejo al buen maitre, al mismo tiempo que admiraba la pericia de una pareja que trataba de deshuesar el crustáceo con cuchillo y tenedor hasta que Gloria, que siempre fue muy hospitalaria, se acercó a aquella buena gente y, como marinense de pro, le enseñó a comer la centolla con las manos. Se trataba de una pareja de Rentería que estaban de luna de miel, a los que acompañamos en varias excursiones por las ribeiras de la Ría de Vigo.
Aquella fue la semana más marisquera de mi vida y me acuerdo especialmente de un almuerzo en el que, entre cuatro, fuimos capaces de comer en Casa Simón, en Cangas, todo un mostrador de percebes, ostras, nécoras, santiaguiños y centollas. Tras aquella enchenta le dije a Gloria…
— Ahora entiendes porque había que volver para la tierra… ¿Verdad?
Siempre ponía como disculpa el buen marisco para quedarnos en Galicia, incluso cuando me llamaron de grandes medios estatales.
RÍA
En aquel Vigo de los setenta, tras mis noches populares de radio, me gustaba pasear con mis colegas por el muelle del Náutico, el de la Estación Marítima Internacional y también por el del Berbés. Perseguíamos a las Lunas en las noches cálidas como si fueran sirenas, porque daban luz con su reflejo a toda la ría.
Para nosotros, los periodistas noctámbulos, las madrugadas eran tardes y conocíamos mejor que nadie tanto el paisaje como los chiringuitos próximos a los puertos vigueses, a los que acudían fantásticos personajes de la vida nocturna, incluso la golfa.
Por ejemplo. Recuerdo a aquel ligón especializado en las chicas de Karina Fallagan, que cuando llegaba al tercer cubalibre decía…
—– Oye, si vais por la playa de la Fuente y veis unas bragas en la antena de un coche, no molestéis, somos esta y yo en plena faena…
Y nadie le llamaba machista al parvo aquel. La verdad que aquella playa, llena de escondites entre los pinos, alguna madrugada parecía el aparcamiento de Balaidos.
Mi memoria siempre resucita con mucho cariño a Juan Ramón Díaz, al que apodaban “El Jugadas” por las “crueles” bromas que gastaba al personal. También a Joaquín Rolland, campeón de tute. Y a Pepe Rey, del que nadie comprende como cambió sus amores gallegos por los vascos. Y a Marisa Real, a Fernando Franco, a Federico Puigdeval…y sin duda a Suso Sanxuás, al que sigo considerando el mejor amigo que Vigo me dio.
Siempre nos encontrábamos con los pintores como Corbal, Sucasas, Lodeiro o Laxeiro. Con líderes como Ferrín, que descubrió algunos de sus mejores argumentos en el “Almas Perdidas”. Y músicos con la guitarra al hombro tras su recital en cualquier pub de esos que se escondían en las calles del casco viejo e incluso algún cantante que presumía de fama alternando con algún cantautor ceibe.
Luego estaban los marineros, los del Berbés, que se distinguían por un sano perfume, mezcla de salitre y pescado fresco. Eran lo más auténtico del recinto y gracias a ellos me especialicé en peixes y mariscos de la ría. Vamos, que sé diferenciarlos en el plato de cualquier restaurante.
Si te cuento este preámbulo es para que comprendas mi pasión por este paisaje, es que me la contagiaron los artistas. La de Vigo es una ría atlántica consustancial con la gran metrópoli que la preside desde su margen izquierda, camino del mar.
Sus aguas tienen magia para los amantes de la leyenda y de las medias historias, porque acogieron al submarino del capitán Nemo según teoría de Julio Verne, lo mismo que bajo ellas se encuentra el tesoro de Rande, o sobre ellas camina aún, cada noche, el espíritu de María Soliña, o mejor Soliño, que no era meiga si no viuda rica a la que la Inquisición mandó a la hoguera para quedarse con sus tierras.
Es verdad que algunas cosas sí sucedieron sobre este mar: el mayor y más cruento combate naval de la historia o las invasiones de piratas, entre los que algunos historiadores vieron al mismísimo Drake.
Pero lo más real de todo son los frutos de la ría: la nécora y el camarón de Moaña, el choco de Redondela y el pulpo de Cangas. Las bateas de ostras y mejillón, y también las almejas de Cesantes. Se los debemos a mariñeiros, bateeiros y mariscadoras, los protagonistas de las historias de cada amanecer.
Una de aquellas mis madrugadas, cenando en el Bar Roucos de la calle Santa Marta, en el que, a esas intempestivas horas siempre nos ofrecía una tortilla la amable Sirita, le escuche decir a Lodeiro, el pintor del mar de Vigo…
—- Los vigueses nacieron con las Cíes en los ojos. Las vieron ya al nacer desde la maternidad del Pirulí.
Así llamábamos entonces al antiguo Hospital Xeral de Vigo y en él nació mi segunda nieta, Alicia.
Las Cíes son la postal más típica del mar que inspiró a Pepe Lodeiro, aquel artista revolucionario, indispensable, rupturista e inconformista, obseso… y esclavo de la luz de esta ría.
Lodeiro me confesó aquella vez que comprendió mejor la belleza y el color de su mar desde el Castro, donde ya jugaba de niño y donde regaló aquel su primer beso furtivo de adolescente.
Cuando empezó a pintar, su estudio también miraba a esa ría que te maravilla cada vez que la contemplas…
Así que es lógico que reflejase en sus cuadros la más hermosa de las bahías, que gracias al amigo recuerdo cada vez que entro y salgo de mi casa, con pasos lentos de viejo. Frente a la quintaesencia de esa marina soy capaz de ver el perfecto horizonte que se alcanza desde Rande o desde Baiona. Incluso me imagino ese mundo de bateas con las antiguas Ficas como telón de fondo desde A Guía. Y vuelvo al Berbés, a Bouzas, a Samil…
Las Cíes forman parte del Parque Nacional de las Illas Atlánticas. Supongo que eso habrá despertado la curiosidad de los vigueses porque -en aquella década no tan prodigiosa como algunos quisieron hacernos creer- eran pocos los que sentían la llamada del paraíso, del que me habló, antes que nadie, aquel inolvidable patrón que tuvo el mítico “Illas Ficas”, de “Vapores de Pasaje”. Viñas, un moañés que se había curtido en la pesca de gran altura por los siete mares. Me insistía…
—- Tés que coñecer as Cíes. E o mellor que ten Vigo.
Y yo venga a mirarlas en la distancia, desde A Madroa; o incluso, más impresionantes aún, desde Chandebrito.
Hasta que un día me subí a bordo del único “vapor de pasaje” que iba a las islas capitaneado por mi amigo y te digo que aún me dura el asombro, refrendado cuando llevé a mi primo Álvaro a conocer ese edén por el que estará vagando su espíritu. Más recientemente volví por cuestiones estrictamente profesionales. En total, tres visitas, pero aún me quedan ganas para girar una cuarta.
Ahora te llevan unos barcos más modernos que, curiosamente, no tienen nombre que se les relacione con esta ría y sí con el mar de Ons. Las visitas están limitadas y tendrás que ponerte a la cola durante al menos un mes para que te fijen día y hora. Es un paraíso, pero también una reserva, es decir, un parque nacional.
La maniobra de desembarco más o menos es la misma de hace cuarenta años, solo que el muelle ya no es de madera. El mar y la tierra son profundamente respetados por el hombre, incluso por aquellos que tienen posibles para acceder en yates o veleros privados. Nadie espera restaurantes de lujo, pero los que hay están suficientemente preparados para satisfacer a la gente que aquí busca un especial encuentro con la naturaleza. Por eso lo que apetece es pasar aquí unos días. Y para ello tienes un camping de primera y sin mosquitos.
En Cíes, a medida que avanzas por los senderos, te asombra un paisaje diferente, lleno de contrastes: los pinares, la laguna, los acantilados, el mar bravo, la calma de la ría, las gaviotas y los cormoranes, los delfines dando saltos, el faro, la inmensidad del océano, el cielo limpio… La playa de Rodas, las calas de los nudistas, la de los campistas, la de la isla sur.
Si mirando el horizonte de las islas, desde la ciudad, vertimos aquellas lágrimas negras por un millón de partidas tengo que convenir con Viñas que, desde Cíes, la ría es un espejo de sal en el que se refleja la silueta de una ciudad pujante y una costa llena de vida.
Las islas del Parque, nacidas de la roca atlántica, hacen estremecer el paisaje y pintan primaveras todo el año con sus dunas llenas de claveles marinos. Ellas son las protectoras de la Bahía, por eso nos encanta asomarnos a los balcones románticos de los atardeceres para ver como el sol se escapa cuando la noche abre su frontera, esperando aún las canciones de mis noches de radio que jamás volverán…
Así cantando en libertad con mi amigo Xosé Manuel Budiño, que le pidió prestado el poema a Celso Emilio Ferreiro, he querido despedir la crónica de hoy. No te niego que, releyendo este mi segundo libro, me emociono con el recuerdo de los quince años felices que pasé en el Gran Vigo. Tengo muchas mas cosas que contarte, por eso volveré mañana contigo en esta Galicia Única. Buenos días y buena suerte.








