Lunes, 24 de agosto, 2926.

Lluvia y niebla se confabularon esta mañana para taparme el sol de la alborada y he tenido que asomarme al balcón para ver como el orvallo matinal caía sobre el asfalto de la rúa do Pedregal. La City, a esta hora, está desierta; porque mientras unos aún duermen otros han tenido que salir pitando a trabajar para evitar las colas matinales, que esto no es Madrid, pero también las hay para entrar en la Compostela universal, donde los peregrinos, madrugadores, llevan ya una hora de camino hacia el fin del mundo y los que se conforman solo con abrazar al apóstol aún duermen la de anoche, que no todo va a ser rezar.

Pedíamos lluvia y aquí la tenemos fertilizando los campos y aumentando el caudal de los ríos para que se llenen los embalses. Seguro que a muchos les molesta que llueva, pero, ya sabes, nunca llueve a gusto de todos. Por favor, no os preocupéis y disfrutar de la aparición de alguna que otra raioliña, que estas no nos fallan.

OCHO TRASPLANTES EN 29 HORAS Y MEDIA

A tan temprana hora he ido de digital en digital buscando la buena noticia del día, algo que nos alegrara la vida; y me la encontré al doblar la esquina, en “La Voz”. Contaba que, en el Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, entre las siete de la tarde del jueves y los primeros minutos del domingo, en apenas 29 nueve horas y media, un ciento de trabajadores se movilizaron para implantar ocho órganos vitales a siete pacientes, todos gallegos.

Hasta ocho veces obraron el prodigio de las segundas oportunidades, que nadie le falló ni a los donantes -quienes hicieron gala de la mayor generosidad en el peor momento de su vida- ni a los receptores que esperaban con ansiedad que les llegara la hora de la resurrección.

La Sanidad Pública, en pleno verano, cuando el Hospital está saturado por las vacaciones del personal sanitario, nos ha dado a todos otra gran lección, dejando en lo más alto del pódium a esa gente que salva vidas con los órganos de quienes ya se fueron.

Supongo que para quienes participaron en estas ocho complicadas operaciones resultó todo muy emocionante, aunque ya estén acostumbrados a los milagros. Para este periodista que suele ver con sus gastados ojos la maldad de este mundo, son los nuevos héroes de esta sociedad tan imperfecta, a los que debemos nuestro mayor agradecimiento… aunque esta vez la historia nos resulte ajena.

Gracias a todo el personal del CHUAC por permitirme, una vez más, presumir de la Sanidad de todos.


LA COSTA DE CARNOTA

Esta es la costa de Carnota, la playa abierta de todos los veranos a la que llega el océano, tras esculpir estatuas de piedra salada en los acantilados, para enviarle su música de olas. Es interminable y abierta a los buscadores de paz de cada verano.

El monte Louro es de geológico interés por su origen en el pleistoceno, hace dos millones de años. El monte Pindo es el olimpo celta de la leyenda que nos conduce por entre guerreros pétreos hasta imaginarias fortalezas que vigilan el fin del mundo.

Desde uno y otro se contemplan, por un lado, las montañas de espuma que saltan sobre la roca y por el otro las olas que se deshacen en la serenidad de la playa, buscando la fúlgida luz del mediodía de agosto.

Entre el Louro y el Pindo está la laguna de los nenúfares donde se bañan las ninfas. La playa abierta donde la villa de la calma cosecha su belleza. El puerto de la vida de la estirpe marinera. Y el horizonte más azul. Sobre él escribe el Sol su crepúsculo al final de la tarde.

No me digas que no te he pintado una excursión bonita para terminar la crónica de hoy. Deberías ir a Carnota, aunque llueva, porque te sorprenderá como la luz cambiante dibuja colores ignotos en el agua, según las nubes jueguen con la lluvia o con el sol.

Mañana te escribo otra vez en esta Galicia Única para contarte mas historias del pasado y del presente.

¡Buenos días y buena suerte!