LA VENTANA ATLÁNTICA DE O ROSAL

El próximo fin de semana, bien podrías imitarme y recorrer los paisajes de la Costa de la Luz, que es la que baña el Atlántico entre Baiona y A Guarda. Haz tiempo para que el final de la tarde te coincida en la hermosa ventana que O Rosal abre al océano para que contemples como el astro sol crea el auténtico luscofusco.



Ese lugar se llama Portocelo. Se postra a los piés de los montes de A Valga y se baña con olas blanquiazules de mar infinito. Desde el monte, el mar es un espejo cuando el viento de la tarde se entrega a la calma y en las rocas del acantilado descubrirás el intenso fulgor de la luz única.

Esta es cuna de percebeiros y percebeiras; que basta mirar al imperfecto rincón de sus espacios libres para percatarse de cómo las olas baten fuerte contra los bancos del marisco que más sabe a mar.

El municipio rosaleiro, cuya extensión mayor origina el más fértil de los valles del sur, se entrega aquí al inmenso horizonte marino por el que pasan barcos que estrellan su proa en el océano, del que emergen y se surmergen, cabalgando sobre él ante la curiosa mirada de los caballos de Mougás.



La costa, te decía, es toda una sucesión de rocas gigantes y marinas, envueltas en el rumor mágico de las olas que braman, poco amigables y escupen blancura de espuma. Pero el mar siempre se calma al final de la tarde y Portocelo es el protagonista principal del diario rito en el que la sombra estalla hacia el sol.

Cerca de Portocelo están también Oia y Cabo Silleiro hacia el norte. Y hacia el sur, el monte Tecla, el estuario del Miño y el Portugal amigo.

Lo dejamos por hoy contemplando los acantilados en un atardecer diferente, que cada día la luz distingue agua y cielo, por eso esta es la Costa de la Luz. Mañana haremos otro viaje al pasado y alguna excusión al presente. Buenos días y buena suerte.