Estoy envuelto en sudor de ese que me trae los recuerdos de aquellos veraneos de los cincuenta, cuando la gente pudiente de mi Ourense alquilaba tres meses los pisos marineros, humildes pero muy limpios, para vivir junto al mar y disfrutar de la playa.

Las señoras con los niños llegaban el fin de semana último de junio y se quedaban hasta el segundo de septiembre. Ellos, los maridos, solo veraneaban los fines de semana y el mes de agosto. Les llamaron luego los Rodríguez y muchas de las infidelidades de la década se debieron a esa separación voluntaria, donde las mujeres cambiaban al hombre por la arena de playa y el hombre se metía ocho horas de viaje cada fin semana por lo que mi abuela llamaba “echar una cana al aire”.

Yo tuve la suerte de nacer en familia poco pudiente, pero con padre generoso. Por eso disfruté de aquella playa de Rodeira en Cangas, los primeros quince años de mi vida. Conocí los bañadores saco de las damas que lo tapaban todo, incluso las gorduras. También a las “vikingas” que venían del norte de Europa y eran “muy atrevidas” porque enseñaban los muslos. Pero sobre todo gocé de la amistad de Churruca, de la estirpe marinera del Morrazo, persona cabal cuyos consejos sobre la mar nunca olvidé. Fue el Chanquete de mi infancia y a él debo una buena parte de este amor que siento por los dos mares de Galicia.

Ya ves como cambió todo…

EL DÍA PIDE PLAYA

Cuando resulta que amaneces a 19 grados, como hoy, lo mejor es prolongar tu paisaje hasta llegar a ese oasis de agua atlántica que cura los males del alma y cauteriza las heridas del cuerpo. Es gratis y el salitre se te pone en la piel cuando el mar rompe los colores de la playa, para que el sol no te queme. Descansa, mi gente, que lo tienes merecido. Vive las sensaciones que te proporciona la generosa grandiosidad del mar de las meigas.