Aquellos corresponsales de mi tiempo...
La niebla envuelve hoy la aldea, como aquel día en el que Diego Carcedo y un servidor nos fuimos en busca de pistas del cónsul Beilh a Socoa, a la casa parroquial, donde se nos apareció entre dos guardaespaldas de dos metros el cura Larzábal. Te digo que nunca había pasado tanto miedo. Diego había estado en Vietnam pero yo era un periodista pipiolo al que aplicaban todos los días la censura en la donostiarra radio nacionalista de la Iglesia y me explayaba un poco más en algunos medios de los que era corresponsal. Eran los comienzos de ETA.
Hoy permíteme recordar a mi amigo Diego, a Leguineche y a todos aquellos jóvenes periodistas de los sesenta que fueron a las guerras para contarnos lo que sus ojos veían. Que se enfrentaron valientemente a dictadores de tres continentes para cantarles las verdades y contarnos sus fechorías. Que eran el ejemplo a seguir por aquellos que aún estábamos “en provincias”, aprendiendo de aquel periodismo descarnado, tan distinto entre sí y tan real como la vida misma.
Hoy los corresponsales, sean los que van a la guerra o los estables, no tienen nada que ver con aquella raza.
—– Pero los secuestran y los matan.
—– Entonces, también. Pero nunca escribían al dictado de un editor, que a su vez edita a las órdenes de una marioneta que se deja querer por el Gran Poder, que es, en definitiva, el que provoca las guerras.
El caso es que antes, aquella gente que poníamos de ejemplo y a los que procurábamos imitar, escribían en libertad porque soñaban con arreglar el mundo. Eran vocacionales que se burlaban de los secuestradores y de la mismísima muerte, única novia que tuvieron en su juventud.
Hoy el periodismo español en el extranjero trabaja por el plasma y por la pantalla del ordenador. Ninguno de los corresponsales españoles te cuenta una primicia. Hablan todos de lo mismo, de la misma manera, con el mismo estilo. Porque fueron fabricados en serie para que sigan todos el mismo Orden que emana del Gran Poder.
Perdón por el desahogo, pero ya tenía ganas de contarte todo esto, después de ver lo mucho que hablan en la tele de los de siempre y como permanecen casi en el olvido los muertos palestinos y los otros, los que huían de la barbarie hacia Europa.
XERARDO RODRÍGUEZ
