Prostitutas en una Sociedad imperfecta


Recuerdo que cuando era un adolescente me daba cierto morbo pasar por la ourensana Rúa del Villar, camino del Instituto del Posío. Allí se concentraba toda la prostitución de la provincia y a decir verdad tenía mucho “ambiente” aquella zona, prohibida por la falsa decencia de las beatas que se concentraban un poco más arriba, en el entorno catedralicio que diría monseñor Temiño Sainz, el obispo “Martillo de Herejes” del franquismo y buena parte de la Transición.

Ya había terminado yo el Bachillerato cuando era alcalde de Ourense el ilustre General Cuevillasnada que ver con Florentino el antropólogo, historiador y escritor de la Generación Nós. Al general le gustaba subirse al palco de la orquesta en las Fiestas del Corpus y pronunciar discursos en los que lanzaba ciertas promesas curiosas al personal. Entre otras muchas, una vez dijo…

—- ¡Reconstruiremos todo el casco viejo y echaremos a las putas de la calle del Villar…!

Aquel general no recibió mayores abucheos en su vida. Con semejante ocurrencia se ganó prolongados silbidos y desaforados gritos de

—- ¡Fuera, fuera!… ¡Fuera, Fuera! ¡Deja en paz a nuestras meretrices!

Las prostitutas entonces estaban consideradas “monumento nacional” porque eran los de Falange quienes más utilizaban sus servicios como buenos adictos al “Movimiento”. Y contra las “prietas filas” no había general ni alcalde que pudiese con ellos.

La verdad que esto de la prostitución callejera, en pleno siglo XXI, no dice nada bien de un país civilizado. Hay ciudades europeas con verdaderos ejércitos de profesionales del sexo en sus calles que se asemejan a un cuadro urbano del Londres aquel de Jack el Destripador. Porque hasta te da cierto no se qué pasar, aunque sea en coche, por esos lugares…

Las prostitutas gallegas son mas de “barra con suite integrada” que de calle. Debe de ser porque llueve mucho, hace frío e incluso el sureste nos trae algún que otro temporal. En invierno imagínate. Vamos, que las noches son “de perros” y no invitan a ciertas prácticas. Por eso aún resiste algún chiringuito de luz roja en las ciudades.

En Madrid, en cambio, cuando yo iba a Prado del Rey hace unos veinte años, a las ocho de la mañana estaban todas, en visible hilera, temblando de frío, en la Casa de Campo. Y creo que aún siguen no solo ahí, sino en otros puntos de la capital.

Van a tener que imitar a los suizos, que, ya se sabe, son mejores negociantes que nosotros. Han conseguido que las prostitutas callejeras no aparezcan tan visibles…Les han construido lo que yo bauticé como “Sex Boxer”. Son unas cabinas que se parecen a los lavaderos de los coches, están estratégicamente situadas en las afueras y los clientes pueden acceder a ellas sin salir del vehículo y “con toda seguridad”. Están equipadas con duchas, sanitarios e incluso con un botón de alarma por si las chicas se sienten amenazadas. En Suiza las protege hasta la Policía. ¡Será porque tienen cuentas en sus bancos y pagan impuestos!

Pero… Pensándolo bien… ¿Cómo puede haber tanto salido en el mundo para generar un negocio con tintes mafiosos y que tanto veja a la mujer? Yo, que me perdonen unos y otras, creo que son un producto de esta sociedad imperfecta

XERARDO RODRÍGUEZ

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