El maestro Xerardo Rodríguez. Los apuntes de quien no quiso ser "un imbécil sin alma"

Este sábado, Xerardo Rodríguez, en su nueva edición recién salida del horno de su "Galicia Única", la revista gallega por excelencia, nos aporta, otra vez, deliciosos relatos, apuntes, crónicas... No hay sábado que no merezca la pena recordar que en www.galiciaunica.es  hay para dar y tomar, para pasar horas (su archivo de relatos intemporales anteriores es magnífico) sin darnos cuenta del paso del tiempo... embebidos en la lectura y el disfrute ante nuestra vista, además, de tantas oportunas ilustraciones que hacen soñar.

Un gran soñador, eso es lo que es -entre otras cosas- el gran maestro de comunicadores que ha sido, es y será para siempre Xerardo Rodríguez. Y en la elección semanal de alguno de sus artículos para acercárselo a los lectores de Rías Baixas Tribuna, hoy nos quedamos con dos simples apuntes, dos vivencias, dos pequeñas crónicas de las sensaciones diarias que un ser humano tiene... Vale la pena. Como siempre.


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Estoy profundamente dormido, no consigo despertar y tendré que escribir esta vez en sueños. Pero mis quimeras  tienen hoy el mismo recorrido fantástico de siempre. Voy paso a paso buscando un cuento de hadas y me encuentro, o con las hidras o con mis demonios diciendo cosas horribles de mí.


La última de las hidras estaba en medio del bosque, hermosa, provocándome desnuda entre las hojas caídas, como si yo no supiera que se trataba de un reptil con cuerpo de anaconda y cabeza en la que nacen las serpientes más venenosas. Me decía…

—- Ven, hagamos el amor…

—- No, no. Que ya no estoy para esas cosas…

—- Ven, que yo puedo curarte…

—- ¡Joder tía, que no, que me dejes en paz, apártate de mi camino!

Y entonces se quitaba el disfraz y se iba silbando, amenazante, feroz… mientras yo pensaba que había resistido a sus tentaciones… como la otra vez.

Al dar la vuelta, sin embargo, aparecía él, chulo, vestido de refulgente animador de circo, haciendo prodigios de rama en rama, demostrándome su poder, insultándome…

—- Tú eres un periodista de mierda.

—- Bueno, pues que le voy a hacer.

—- Si llegaste a donde llegaste fue porque te arrimaste al poder.

—- Ya ves. Así estoy, viejo, jubilado y sin llegar a fin de mes. A eso he llegado.  

—- Si me hubieras hecho caso serías rico.

—- Y un imbécil sin alma.  

—- ¡Aún estás a tiempo! Escribe lo que te dicto y te colmaré de riqueza.

—- No me compensa tío, me quedan pocos telediarios para disfrutar de riquezas…

—- Pero tienes hijos y nietos…

—- Sí, lo que pasa es que te son todos como yo.

Este también se largaba gritando memeces de esas a las me acostumbró el paso de los años. Se quitaba el disfraz y mostraba sus cuernos y su rabo, echando fuego por la boca…

—- ¡Hijoputa, que vas a quemar la carballeira, cabroooón!

En esto, despierto, como siempre, mirando el techo de mi habitación y pensando en todos los polvos que me perdí y en todos los demonios que se cruzaron conmigo, allá donde estuve, durante una larga vida de la que puedo presumir, para que sigan muriendo de envidia los envidiosos que iban poniéndome piedras en el camino.

¡Cualquier día doy sus nombres y apellidos de malnacidos trepas incapaces de hacer algo interesante en su vida! Ellas son las hidras y ellos, aunque figuren en la nómina del Opus, los demonios. 

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La Nueva Realidad empieza a envejecer y se está volviendo cruda en Galicia, en Madrid y en toda España. Yo estoy pensando en confinarme voluntariamente y todos los que podáis permitiros el lujo deberías considerar lo mismo. 

 

El miedo se ha instalado entre los de mi quinta y no hago más que recibir llamadas de ánimo de los que aún no lo son. Mientras, sigo extrañando los besos y los abrazos, aquella vida de tantos afectos y no esta, que nos va a conducir a los desafectos aunque salgamos bien parados de la pandemia… que no creo, porque aunque ganemos la salud volveremos a perderla con la crisis que viene, mayor aún que la que hemos bautizado como la de Rajoy…

—- A ver hombre, un poco de optimismo, concho, que te me vas amuermar y eso es muy malo.

...

Decidido el cautiverio voluntario, hoy solo me asomo al balcón para ver cómo pasan las nubes viajeras, un deporte que no practicaba desde hace ya no me acuerdo. La lluvia fina, esa que manda el cielo después de las tormentas para que la tierra siga empapada y el ambiente húmedo, ennegrece el día… Y no hay raioliña que quiera asomarse ante tal panorama.

Pero aún puede ser peor; si eres depresivo y no tienes a mano el citalopram, en días como este te perseguirán de pantalla en pantalla las malas noticias: que si un joven muere en un accidente de tráfico en Mazaricos, un hombre de 84 años que murió al volcar el camión que conducía cargado de pizarra en la autovía del Cantábrico, una buena mujer que fue víctima de un hombre malvado en Badajoz, otra mujer que se ahogó al caer en un depósito de agua en Vila de Cruces, un mal anticonceptivo que obliga a una joven a usar pañales toda su vida en Oza-Cesuras…

No… No te preocupes que no sigo leyendo.

Hoy los periódicos son todos como aquel que solo contaba sucesos en los tiempos de la dictadura. Era cuando triunfaba, además del Marca, claro, uno al que llamaban El Caso.

—- ¡Caray! ¡Pues sí que te has levantado hoy animoso!

Sin embargo aún podría hablarte del coronavirus y la madre que lo parió; de ese Madrid vallecano que encabeza el tour de los contagios y de los muchos ancianos que anticipan su último viaje quizá porque se ven mejor en el Espacio.

Pero no te preocupes que no sigo… ya paro… ya no orvalla y no hay viernes sin sol. Y aquí está en forma, como no, de raioliña amiga echando del ambiente a la mas húmeda de las humedades, la de esa lluvia que en Cudeiro llamábamos “a piolla”.

Como ves, en esta Galicia Única pasamos de la noche al día saltando por encima de la hoguera con mucha facilidad.  

XERARDO RODRÍGUEZ

Xerardo Rodríguez